SEA TESTIGO, PERO CÓMODAMENTE

Es lo que tienen las nuevas tecnologías. Sumérjase en el desastre sin mojarse, desde el salón de su casa y diríja usted lo que quiere y no quiere ver. Pare el video donde quiera y mueva el ratón para no perder detalle.

ODISEA 2020

Es una noche rara, muy rara. Cuánto daría por un Passport con cola y un ducados pero, el último garito clandestino que conocía, fue precintado ayer. Podría hacer botellón en el botellódromo municipal pero, qué quieren que les diga, la media de edad y el no poder fumar un cigarrito me retienen bastante.
De las farolas cuelgan multitud de detectores de nicotina que activan las cámaras a la menor voluta.
Los autobuses siguen expeliendo Co2 pero, claro, la economía mundial depende aun del consumo de combustibles fósiles aunque rebajados con biodiesel extraído de cereales que alimentarían millones de personas que siguen hambrientas.
Hay días, cuando llevo a mi hija al cine; a ver la película doblada en la lengua vernácula de la autonomía en que nos toca vivir cada tres meses, por aquello de la movilidad laboral impuesta en el último pacto social; en que ella recuerda las hamburguesas, por fin retiradas por sanidad, siendo sustituídas por unos amasijos de soja, tan sana. A mí, lo que en realidad me molestó, fue la retirada del chuletón de buey y del pestorejo. Pero todo sea por la salud pública.
Hoy mi calle amaneció empapelada con carteles de José Tomás. Estos peligrosos terroristas del Grupo de Resistencia Taurina no se rinden.
También detuvieron a un grupo que pretendía sacar a un santo en procesión, y es que la ley de laicismo, que tanto yo defendía, se ha salido un poco de madre y los antiguos polígonos industriales están llenos de naves sin rotular en las que se celebran los cultos de las distintas confesiones, pero cerrados a cal y canto y con los fieles debidamente censados. Y es que a mí, desde el ateísmo, me gustaban las  saetas y el olor a cirio, no se, será algo atávico que no puedo racionalizar desde mi progresía.
Iba a sacar la moto mañana pero, mejor no, estoy harto de cambiar embragues y juntas de culata por los calentones en primera y yo, que soy un clásico en eso de las ruedas, por lo de los scooters eléctricos no paso.
Mañana hay elecciones. Ahora son más sencillas, sólo tienes que apoyar el índice derecho en un botón de tu ordenador, el rojo o el azul, del resto ya se encargan los partidos en alternancia. En alguna autonomía tienen más botones pero siempre usan los mismos, los que tienen peso para dirigir al gobierno entrante y así conseguir mejoras para sus territorios.
Es una noche rara, mi carné del paro por un cubata.

LA TABERNA DE LA TROLA.- Las aficciones de los taberneros

Habrá quien piense que los propietarios de tan ilustre local se dedican, en sus días libres, a descansar y relajarse de las duras jornadas laborales, bien en el domicilio familiar o bien paseando por Oviedo o visitando a los nietos.
Pues el equipo Filodespada Investigación ha conseguido estas imágenes de un fin de semana reciente.
Juzguen por ustedes mismos.



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MI PIE DERECHO Y YO. Cuitas y desavenencias.

Mi pie derecho se volvió insumiso. Se resiste a alzarse y mira al suelo, su lugar natural. Esta actitud  necia me provoca no pocos problemas porque, demasiadas veces, se me olvida en el paso anterior y se ancla provocándome serios disgustos.
No se puede  consentir tamaña indisciplina así que me puse en manos profesionales, y en otras no tanto, a ver qué medidas habría que tomar con el rebelde.
El método oriental, gentilmente ofrecido por una amistad, denominado Shiatsu, la verdad es que me relajó bastante, el ánimo y la cartera pues la amabilidad me salió por 30 € de vellón, pero bueno, eso ahora no importa y estoy agradecido igualmente.
El método científico varió, desde una supuesta tendinitis a un pinzamiento lumbar, y en esas estamos. Corticoides intramusculares, que al infractor se la refanfinflan,  pues quién sufre el castigo físico es mi trasero,  y hoy una resonancia magnética durante la cual, veinte minutos exactos, mi pie ni se inmutó y el resto de mi persona, resignada a la inmovilidad absoluta, se encontraba sepultado en vida, en un nicho para nada tranquilo, pues la ambientación sonora no era precisamente de Camposanto.
Parecía un concierto de música electrónica de esos en los que, para aguantar, hay que acompañarse de diversas sustancias ilegales, eso sí, acompañadas de agua mineral, que es muy sana.
Ahora, esperar una semanita hasta que impriman las imágenes y las informen, a modo de atestado, para entregárselas al Juez Instructor del caso, o sea, mi traumatólogo, el que yá aplica las medidas provisionales que les he relatado.
Mientras tanto el díscolo pie sigue sin mirarme aunque, de vez en cuando, por joder y por resistirse, aún más si cabe a la autoridad, suele retorcerse por las noches, separando los dedos, que parecen también incómodos con la protesta y soltándome unas descargas eléctricas a lo largo de la pierna que, a veces, me hacen dudar de la pena capital, o sea, amputación, si es que ésta sirviera de algo que, como está demostrado en otros casos, no deja de ser una medida drástica, ausente de ética, y poco efectiva a la hora de ejemplarizar.
Y es que ahora gobierna mi pie izquierdo, que no es que sea una maravilla de la acción y de las soluciones, mientras el derecho está en la oposición, que no es que haga mucho pero, lo poco que hace, sólo sirve pa joder y es capaz de derrumbar el edificio con tal de hacerse notar.
Por qué la dualidad, por qué bilaterales.

TEMPORAL A LA MIERENSE


Que en Mieres nieva, claro, todos los años. Que hiela, por supuesto. Que venía un temporal de tres pares de narices, pues también. Pero este Ayuntamiento es soso y la sal, la preceptiva, brilló por su ausencia y así estaban algunas calles de Mieres.

EXTREMEÑO EN ASTURIAS.- Temporales

Que el tiempo es el tiempo, cambio climático aparte, y el invierno, invierno, y el norte, norte, y todo eso, lo tendría cualquiera bastante claro.
Después de siete años en estas tierras, habiendo elegido vivir, encima, en una aldea cuya posibilidad de ser cubierta de nieve cuando hay temporal se eleva a la enésima potencia, pues debería servir de currículum suficiente para que uno asumiera los inconvenientes con total naturalidad.
Y ese es el caso, no lo duden, los asumo en su totalidad, lo que no quiere decir que los disfrute, que los goce, que, en resumidas cuentas, haga angelitos revolcado sobre el lecho blanco ni que use los lindos carámbanos que cuelgan de los aleros de mi tejado para refrescar el cubata.
El viernes decidí bajar con una nevada importante y, con un vehículo 4x4, pues la cosa fue bastante razonable, eso sí, con altas dosis de prudencia dadas las especiales características de la carretera, de pronunciadas pendientes en curvas imposibles, idónea para la práctica del rally, tal y como lo demuestran profesionales en algunas competiciones y aficionados un fin de semana sí y el otro también.
Bien, pues hice la compra en Mieres, tomé algo con los amigos y me decidí a subir a mi morada, no sin recelo, dada la nevada que yá caía en la Villa.
Mi casa, dentro del núcleo del pueblo, se halla en la zona alta, con lo que gana en vistas pero asumiendo un terrible cuesta de asfalto descuidado.
Un intento con el coche me valió para desistir y retornar a la zona baja, junto a la salida, y aparcar allí. Salgo del coche, cojo las bolsas del supermercado y me dispongo a avanzar entre la inmaculada y espesa capa de nieve.
Con botas camperas de motero, manufacturadas en Valverde del Camino, parece poco recomendable emprender una expedición, aún siendo corta, por las empinadas calles de la población. Y no es que lo parezca, es que lo es pues conté hasta cuatro resbalones con sus correspondientes caídas, de frente y de espaldas, y menos mal que el aterrizaje se producía contra la mullida capa blanca.
Al final, a la puerta de casa, un disco de hielo hizo que me volviera a desplomar sobre la compra, reventando un precioso tretra brik de zumo de piña y uva, a base de concentrado, claro está. Así que, helado, mostoso y pegajoso, accedí a mi domicilio a dormir hasta el día siguiente y a esperar a ver si escampaba.
Como todos sabrán de escampar nada. Muy al contrario, todo el sábado estuvo cayendo nieve a sacos.
Bien, pues sábado hogareño. Alguna tarea doméstica y, eso sí, teléfono, facebook y mariconadas varias con programas de edición de video y foto que, cuando uno está solo, se encuentra muy creativo.
Al día siguiente, domingo, y la nieve seguía ahí, cubriendo coches hasta la mitad de la carrocería.
No es que me molestara perderme la misa, que uno no está por esas labores, pero, la verdad, comenzaba a apetecerme salir del castillo, rozar algo de civilización, tomar una cervecita y pasear pero, por mor de la integridad, la mía y la del vehículo, era preferible aguantar el estado de sitio.
Y cumplida la condena de fin de semana, llega el lunes. La nieve estaba ahí, terca, necia, y además había helado.
Así que de botas de motero nada de nada, botas de montaña, que también las tiene, uno aunque tengan menos glamour, y a ver como encontraba el coche.
Al lado del mismo me hallaba, sopesando las posibilidades y alternativas para sacar el montón de nieve que lo cubría, cuando, ni botas de montaña ni hostias, mis pies abandonaron su asiento y dí un espaldarazo de tres pares de cojones. Entonces fue cuando comencé a blasfemar, lo siento de veras pero, qué le vamos a hacer, cuando a uno le pasan estas cosas no tiene recurso más socorrido que acudir a santos y a vírgenes varias, aparte de a familiares y difuntos de algún que otro personaje, entre ellos, como no, la madre que parió a Panete.
Yo, que soy un hombre del sur, pues para qué iba a proveerse de guantes en el día más frío del año, así que, a dedo pelado, a quitar nieve del parabrisas. A los dos minutos, el dolor era insoportable y allí andaba yo, dentro del coche, enchufando los dedos a las toberas de la calefacción.
Al final arranqué y, al salir a la carretera, un vecino, ventajas de los núcleos rurales, me administró cadena líquida en las ruedas y me advirtió de que estaba la cosita mu mala y que la carretera era como la rampa de los saltos de esquí de año nuevo, pero, para más inri, en mil eses.
Así que nada, primera velocidad, prescindir del freno y a dejar al coche hacer su trabajo sin presionarle.
Supongo que, al llegar a Mieres, donde la helada no era mucho menor, mi cara sería del mismo color del pavimento por los apuros pasados en la travesía.
Y aquí estoy, sólo en mitad de la Tierra, como cantaba el otro, dudando que hacer con mi vida dependiendo de las inclemencias climáticas.
Mucho me acordé del monólogo del argentino que se fue a Toronto y que les dejo en el video adjunto.
Ah, a quien le guste la nieve que la disfrute, faltaría más.