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AMETRALLARME

Hoy fue otro día de charla en los institutos. Hoy me tocó un nutrido grupo de niños, adolescentes o lo que ellos quieran considerarse, de 1º de la ESO. El tema a tratar era Internet y sus riesgos, especialmente para los menores, tantas veces inermes ante los serios peligros de la red y la alimañas que la utilizan para sus desmanes. Imagínense a las 13:30 horas, última clase del día, todos agotados y con ganas de irse a casa y no aguantar a este erudito en nada. No obstante, chascarrillos, charla, risitas, etc., aparte, se portaron bastante bien y fueron atentos con su víctima. Pero siempre tiene que haber alguien que pretende destacar. El afán de protagonismo, o eso quiero creer, hizo decir a un mozalbete de 12 años que él era un terrorista y que me iba a ametrallar. A mí. Y lo dijo sin inmutarse, con el gesto serio, en presencia de cuatro profesores que no denotaban la mínima sorpresa. Podría haberme dado por bajarme de la tarima, acercarme a su altura y soltarle un sonoro bofetón a mano abierta que lo bajara del asiento, para luego preguntar a ver quién iba a ser el próximo en ofrecerme ráfagas con tanta soltura. Pero cálmense, no me lleven a la justicia los defensores del menor, no me crucifiquen sólo por pensarlo pues no lo hice. Simplemente le recomendé que se pusiera a la cola, que para ametrallarme yá hay lista de espera y candidatos algo más importantes que un insolente mocoso con pendiente de azabache en su tierna oreja. Sí me gustaría conocer la opinión de los padres sobre las manifestaciones del hijo. "Chiquilladas", supongo, o, como se dice por aquí, "coses de guajes, qué quiés, fiu". Su puta madre.

RESISTENCIA.-

El cruel despertador volvió a hacer su indefectible trabajo. A tientas logré localizar en la mesilla al alborotador y tras unos segundos de forcejeo conseguí desactivar la enervante ráfaga de agudos pitidos. Sentado ya en la cama, en prevención de que Morfeo volviera a abducirme, despaché al tendido uno de esos bostezos que dejarían en la cola del INEM al León de la Metro. Palpé el perchero para coger la bata y me la puse. Esta vez era la mía y no la ajustada y floreada de mi Santa que desluce bastante en la percha de orangután que tengo por las mañanas.
Llego arrastrando las zapatillas hasta la cocina, me deslumbro con el fluorescente que derrite mis fosilizadas legañas, y arranco del armario la taza del café para llenarla y darle su minutito de microondas.
Como siempre, mientras la cafeína comienza a reactivar mi sesera, consulto el correo para ver si algún visitante dejó un comentario en el blog. Éste se está convirtiendo en mi segunda adicción, después del tabaco. Ha habido visitas, pero discretas. Ningún comentario. Pasaron por mi morada electrónica como el que pasa por un funeral sin dar el pésame.
Un cigarrito, visita a mis blogs favoritos, lectura de titulares de prensa y... Hay que espabilar y despertar a la pequeña que, hoy, tras unos días de lucha contra los virus y las tropas del moco verde, debe incorporarse al deber diario del colegial. La verdad es que tengo asumido que va a costar un poco de trabajo, pues, después de unos días de absentismo, y cuando sólo tienes tres añitos, levantarse para ponerse un mandilón a cuadros e internarse en una selva de gritones, llorones, manchas de ceras y conflictivos patios, puede convertirse en un drama.
En fin, una vez aseado y vestido me dirijo al dormitorio y comienza el conflicto. Despierta serena y decidida pero hace la fatal pregunta: "¿Donde vamos?". La sinceridad me pierde y contesto: "Al cole".
En ese momento comienza la reivindicación: "¡No quiero ir al cole!". El tono de la protesta, que comienza a ir acompañado de rabiosos gimoteos, comienza a calentar el ambiente. La saco de la habitación con la intención de que la algarada altere lo menos posible la vida normal, y el sueño, de los otros habitantes de la casa.
Una vez en la cocina comienza la resistencia activa. Una mano de la rebelde aferra fuertemente la cremallera del pijama enterizo y la otra se encadena materialmente al respaldo de una silla dificultando cualquier intento de cambio de ropa.
Todo esto viene acompañado de la repetición efusiva de varias consignas relacionadas con la movilización espontánea que se estaba produciendo: "No quiero ir al cole", "lo odio", "me aburro en el cole", etc.
Enseguida sacó el tema de las condiciones laborales y espetó "no quiero comer en el cole", quejándose de la calidad de la misma.
Bien, había que plantear una estrategia para encarar el problema. Por un lado se me ablandaba el corazón, pero, por el otro, la razón me decía que, si cedía ante esta protesta, el adversario aprovecharía mi debilidad como patronal y la conflictividad podría convertirse en eterna.
La represión directa, a parte de incorrección política, no era una opción.
Café y mesa de negociación.
Información detallada de las obligaciones y responsabilidades que se debían cumplir para acceder a beneficios sociales (atracciones en el parque, golosinas, etc.).
No cedía.
Advertencia de las medidas sancionadoras que se podrían adoptar.
Que si quieres coles.
Tras un buen rato, y aprovechando que el cansancio hace mella en las filas revolucionarias, tras largos minutos de gritos y lágrimas lastimeras, consigo ir vistiéndola entre sollozo y sollozo.
En ese momento comienza otra estrategia: el victimismo proletario. Aparece dolor de extremidades, garganta, cabeza, etc.
En este punto de la huelga, le hago un par de muecas ridículas, y vergonzantes para un adulto en cualquier otro contexto, imitación de algún animal, y del caudal de lágrimas pasa a la carcajada y al juego. "Ya eres mía" pensé.
La patronal siempre acaba ganando.
Llegamos al colegio, tarde, pero llegamos. Entró en la clase y su mirada, mientras le explicaba a la profesora el motivo del retraso, me hizo estremecer.
Su beso de despedida fue más frío, como sin mucho interés.
Esta tarde solo he conseguido que me mirara de reojo y de carantoñas ni una. Algo se cuece en esa pequeña mente subversiva.
He ganado una batalla.
La guerra no ha hecho sino empezar.

RELIGIÓN

Mi estimado Serther vuelve a hacer una de sus impagables colaboraciones proporcionándome una carta de un catedrático del año 2003 que no ha perdido vigencia alguna dada la actitud de las Autoridades Eclesiásticas en relación con la asignatura de Educación para la ciudadanía. Ahí va:

Fecha: 6 de diciembre de 2003

De: Albert Soler i Gil

Somos un grupo de docentes de todos los niveles educativos que estamos muy preocupados por el bajo nivel cultural en nuestra sociedad, los altos índices de fracaso escolar y la proliferación de telebasura.

Para salir de esta situación queremos traspasar los muros de las escuelas, los institutos y las universidades, llevando la cultura y la educación a ámbitos en los que hasta la fecha hemos estado ausentes, en los que nuestra dejadez ha privado a muchos ciudadanos del derecho universal a la cultura.

Como primer paso, queremos llegar a un acuerdo con las autoridades eclesiásticas para que nos cedan un diez por ciento del tiempo de las misas con el fin de que profesores especialistas en las distintas disciplinas puedan llegar más fácilmente a los creyentes mediante breves intervenciones didácticas. Estamos estudiando cuál sería el momento idóneo para insertar en las misas contenidos científicos y culturales, tal vez inmediatamente después de la consagración o justo antes del padre nuestro.

Está claro que algunos feligreses podrían, con razón, objetar que ellos no tienen porqué aumentar sus conocimientos ni su cultura, ya que acuden a misa con el sólo fin de orar y escuchar la palabra de Dios.

Para solucionar este problema, y aunque pudiera parecer inconstitucional, a la entrada a la iglesia les haríamos rellenar un formulario para que manifestaran su preferencia por la religión o la cultura.

Una vez identificadas estas personas, podrían abandonar en el momento adecuado la nave principal de la iglesia y reunirse en las capillas laterales, la cripta o el salón parroquial. Con el fin de evitar agravios, estas personas podrían recibir durante ese rato charlas de carácter no cultural ni educativo pero muy relacionadas con los contenidos que se estén impartiendo en ese momento al resto de los fieles desde el altar.

Por ejemplo, los feligreses que no quieran repasar la tabla periódica, estudiarán los efectos perniciosos de los colorantes alimentarios, los que no quieran hacer ejercicios de educación física podrán ver un documental sobre la obesidad, y los que no quieran repasar los verbos irregulares ingleses podrían estudiar estadísticas sobre la importancia de hablar idiomas en el mundo moderno.

Los obispos nos han adelantado que no habría problema en computar el tiempo de cualquiera de estas actividades como tiempo equiparable al dedicado a escuchar la palabra de Dios, a la oración, a la contemplación, la penitencia o a la caridad y en ningún caso podrá discriminarse el acceso a la salvación eterna a los fieles en razón de sus preferencias religiosas o educativas. Tampoco han puesto la más mínima objeción a la aparente contradicción derivada de que el contenido de las misas esté basado en la fe y las creencias, en contraste con la naturaleza científica y académica de los contenidos que habitualmente impartimos en las aulas.

En un primer momento, las clases se impartirían sólo durante las misas obligatorias de los domingos y fiestas de guardar, para más adelante extenderse a otros actos religiosos de asistencia no obligatoria como bautizos, bodas, comuniones, funerales, ejercicios espirituales, ordenaciones sacerdotales e incluso ceremonias de canonización o beatificación.

Pero, ¿de dónde saldría el dinero para pagar al profesorado que trabaje los domingos? Sin duda alguna de los donativos que los fieles depositan en los cepillos, del porcentaje de impuestos destinados al sostenimiento de la Iglesia Católica o, en general, de los presupuestos de la Iglesia.

Para garantizar la calidad de las enseñanzas impartidas, nuestra asociación gestionaría directamente el dinero aportado por la Iglesia y con él contrataría a profesores de sólida formación pedagógica y científica que se encargarían de impartir las clases durante las misas.

Naturalmente, dado el carácter eminentemente laico de las clases, no dudaríamos en despedir fulminantemente a aquellos profesores que no mantuvieran una coherencia laica entre su vida profesional y personal haciendo cosas como casarse por la iglesia, acudir a misa semanalmente o participar en cualquier tipo de actos religiosos.

Finalmente, llevaremos nuestras negociaciones hasta el mismo Vaticano, con cuyas autoridades firmaríamos un concordato que garantizara la continuidad de nuestra noble tarea docente en las iglesias durante los años venideros.

¿Te parece un disparate? ¿Te parece difícil de conseguir? No es tan disparatado ni tan difícil. Ahí tenemos el ejemplo de los acuerdos entre la Iglesia y el Ministerio de Educación en torno a la asignatura de religión y su alternativa. Al final han conseguido lo que nadie hubiera creído posible.

Entre tanto, puedes hacer llegar nuestra propuesta educativa a docentes, padres, alumnos, políticos, sindicalistas, medios de comunicación e incluso a las autoridades eclesiásticas. Tal vez así contribuyamos a que se entienda mejor lo que está ocurriendo en relación con la enseñanza de la religión en los centros sostenidos con dinero público.

MUCHAS GRACIAS SERTHER OTRA VEZ