No sé yo si será menester que dé mi opinión de ciertas cosas. Pero yá que usté me la pide con esa cara tan simpatica, que tiene usté una cara de cachondo que pá qué... Bueno, la verdad, mire usté, es que yo soy bastante primario. Las cuatro reglas y pare de contar, qué quiere, con lo que me tocó vivir, porque yo he pasao mucho. Aquí nos comía la miseria, fíjese usté, pero bueno, no voy a cansarle con mis penas.
Bueno, que se ha montao no se qué follón con el rollo ese de si Zapatero iba o no iba a la reunión esa tan importante de los G no sé cuantos.
A él, pa qué nos vamos a engañar, se le veía ilusionao con ir y parece que el americano, sí hombre el mandamás ese de las bombas y el petróleo, que andaba algo cabreao con Zp por lo de la bandera, los soldaos que retiró y esas cosas, sabe usté, y por mor de aquello pues no quería dejá a la criaturita que fuera p'allá. Menuda se las gastan los yanquis, y si no que les pregunten a los japoneses, que se les ocurrió toserles y mira, si se descuidan acaban tos en el lucero del alba.
Y es que no quedan americanos de los buenos, como el Juan Vaina ese de las vaquerás, qué tío, vaya leches soltaba y como tiraba, pero eso sí, siempre con razón que los demás siempre eran mas hijoputas que él.
Pero al final, tanto llorar de un lao pa otro que el gabacho ese de la cantante le ha dejao una silla, pa que al menos esté sentao que si no va a paecé un camarero.
Y dice nuestro presidente que tiene mucho que decir allí.
Pues, mire usté, a mí me pué paecé bien que diga en las Américas lo que quiera. Será bueno lo que diga, no lo voy a discutí yo, que encima le voté, y lo hará con toa la buena intención, pero no pueo quitame de la cabeza algunos barruntos que se me vienen con esto de la economía, la crisis y la puta que los parió a tós, con perdón.
Pues no van y dicen que van allí a refundá el capitalismo, tiene cojones la cosa. Vamos a ver, ¿Zapatero no es socialista?, lo es, ¿no?, pues entonces, Virgen Santísima, qué coño pinta un socialista refundando el capitalismo. No sé, digo yo que, como le he dicho, no estoy mu preparao pa opiná ná de ná, pero bueno. Pues, como le iba diciendo... ¿por dónde iba?, ¡ah!, ya me acuerdo, hombre, es que se me va la azotea de vez en cuando, que son muchas horas de sol en el cogote, amigo mío.
Bueno, pues eso, que el socialismo, y corríjame si me equivoco, está en contra del capitalismo, ¿o no?, pues entonces, a qué coño va un socialista a refundarlo. Refundirlo era lo que tenía que hacé, hombre de Dios, que bastante nos han jodío a los pobres como para que ahora le pongan cimientos nuevos pa que no se caiga y sigan cagando por encima de los mismos. Me cago en el misterio... Si no fuera porque uno esta fatá de la artrosis y tiene una pensión pa mantené a sus nietos, ganas me daban de echarme al monte como los maquis, fíjese lo que le digo... "refundá". Tiene cojones la cosa, nos ha jodío mayo con no llové... "socialista"... tiene cojones la carga leña, y pensá que le voté por eso...
¿No ve?, ya me encendí, es que me caliento y no me conozco, ale, yá no digo más ná, si le apetece un tinto y una rosca chorizo pase pa dentro que aquí corre el relente y no es na bueno pa la espalda.
¿Y dónde dice que va a salir esto? ¿En interné?. Joer, eso me coge un poco a trasmano... luego se lo explica usté a mi nieto Ramón, que es el que anda tol santo día con el aparatejo ese.
OPINIÓN MÁS QUE AUTORIZADA.
No sé yo si será menester que dé mi opinión de ciertas cosas. Pero yá que usté me la pide con esa cara tan simpatica, que tiene usté una cara de cachondo que pá qué... Bueno, la verdad, mire usté, es que yo soy bastante primario. Las cuatro reglas y pare de contar, qué quiere, con lo que me tocó vivir, porque yo he pasao mucho. Aquí nos comía la miseria, fíjese usté, pero bueno, no voy a cansarle con mis penas.
Bueno, que se ha montao no se qué follón con el rollo ese de si Zapatero iba o no iba a la reunión esa tan importante de los G no sé cuantos.
A él, pa qué nos vamos a engañar, se le veía ilusionao con ir y parece que el americano, sí hombre el mandamás ese de las bombas y el petróleo, que andaba algo cabreao con Zp por lo de la bandera, los soldaos que retiró y esas cosas, sabe usté, y por mor de aquello pues no quería dejá a la criaturita que fuera p'allá. Menuda se las gastan los yanquis, y si no que les pregunten a los japoneses, que se les ocurrió toserles y mira, si se descuidan acaban tos en el lucero del alba.
Y es que no quedan americanos de los buenos, como el Juan Vaina ese de las vaquerás, qué tío, vaya leches soltaba y como tiraba, pero eso sí, siempre con razón que los demás siempre eran mas hijoputas que él.
Pero al final, tanto llorar de un lao pa otro que el gabacho ese de la cantante le ha dejao una silla, pa que al menos esté sentao que si no va a paecé un camarero.
Y dice nuestro presidente que tiene mucho que decir allí.
Pues, mire usté, a mí me pué paecé bien que diga en las Américas lo que quiera. Será bueno lo que diga, no lo voy a discutí yo, que encima le voté, y lo hará con toa la buena intención, pero no pueo quitame de la cabeza algunos barruntos que se me vienen con esto de la economía, la crisis y la puta que los parió a tós, con perdón.
Pues no van y dicen que van allí a refundá el capitalismo, tiene cojones la cosa. Vamos a ver, ¿Zapatero no es socialista?, lo es, ¿no?, pues entonces, Virgen Santísima, qué coño pinta un socialista refundando el capitalismo. No sé, digo yo que, como le he dicho, no estoy mu preparao pa opiná ná de ná, pero bueno. Pues, como le iba diciendo... ¿por dónde iba?, ¡ah!, ya me acuerdo, hombre, es que se me va la azotea de vez en cuando, que son muchas horas de sol en el cogote, amigo mío.
Bueno, pues eso, que el socialismo, y corríjame si me equivoco, está en contra del capitalismo, ¿o no?, pues entonces, a qué coño va un socialista a refundarlo. Refundirlo era lo que tenía que hacé, hombre de Dios, que bastante nos han jodío a los pobres como para que ahora le pongan cimientos nuevos pa que no se caiga y sigan cagando por encima de los mismos. Me cago en el misterio... Si no fuera porque uno esta fatá de la artrosis y tiene una pensión pa mantené a sus nietos, ganas me daban de echarme al monte como los maquis, fíjese lo que le digo... "refundá". Tiene cojones la cosa, nos ha jodío mayo con no llové... "socialista"... tiene cojones la carga leña, y pensá que le voté por eso...
¿No ve?, ya me encendí, es que me caliento y no me conozco, ale, yá no digo más ná, si le apetece un tinto y una rosca chorizo pase pa dentro que aquí corre el relente y no es na bueno pa la espalda.
¿Y dónde dice que va a salir esto? ¿En interné?. Joer, eso me coge un poco a trasmano... luego se lo explica usté a mi nieto Ramón, que es el que anda tol santo día con el aparatejo ese.
CRÓNICAS RURALES.- Violencia política.
PROBLEMAS DOMÉSTICOS.- Actualización hipotética
CRÓNICAS RURALES.- Diálogos madrugados.
- Coño, Antonio, muy temprano te veo para ser fiestas.
- Festejar es un espejismo en mitad de este árido desierto que es la existencia.
- Joder, Antonio, pues sí que te ha “dao” profunda.
- Mis palabras carecen de toda profundidad, son vanas entelequias de un humilde mortal.
- Como tú digas, hombre. Anda, vamos a tomar un café y charlamos un rato.
- ¿Por qué no?. Tengo tiempo, un tiempo relativo, tanto como el espacio que ocupo o que recorro.
- La leche, anda que has amanecido cojonudo…
- Me basta con amanecer, amigo Pedro. Ver el día, para el mortal, es más que motivo de alegría pues es la prueba fehaciente de que, al menos de momento, sobrevives a la fatalidad del indefectible fin. Fin que, por otra parte, debiéramos tomarnos con mayor naturalidad y aceptarlo como parte del ciclo en el que está inmerso todo ser vivo. Pero el hombre, por racional, o por más racional que el resto, es soberbio y le falta resignación, dando así, involuntariamente, argumento a las sotanas y los templos que rentabilizan nuestros temores arcanos.
- No, si a mí lo que dices me parece bien, pero te veo raro, no sé. ¿Estás bien?. ¿No te habrá bajado el azúcar o algo?. No quiero ofender pero te veo algo transtornado, como si se te hubiera ido un poco la cabeza.
- Las luces de la razón siempre se han considerado delirios de locura, querido convecino, cuando no posesión demoníaca, brujería o herejía. Acuérdate de Galileo, Darwin, etc…
- No tengo el gusto, Antonio, de conocer a esos señores.
- Yo tampoco los conozco personalmente aunque en el legado que dejaron hay más que útiles herramientas para comprender el mundo actual. Sin ser contemporáneos bien pudieran dar luz a esta era de nuevas tinieblas en la que nos sume la tecnología, la comunicación globalizada, el consumismo y tantas otras cosas con las que nos anestesian, querido Pedro.
- Bueno anda, tómate el café y déjate de discursitos que te veo venir y seguro que empiezas a soltarme mítines. Que cuando empiezas con la política eres tremendo, que ya hay quién se aparta en cuanto te ve calentarte con tu marxismo y todas esas cosas pasadas de moda.
- Pedro, la verdad, la razón, no son modas ni van por temporadas. Cuando están fundamentadas perviven en la conciencia colectiva y mantienen su vigencia, amoldándose a las coyunturas de cada momento, pero la base, la raíz de la idea se mantiene por mucho que le hayan cambiado el tiesto y las flores adquieran distintos tonos cada nueva primavera. Bien sé que la gente se me aparta cuando expongo argumentos, es sencillo, la mayoría prefiere la ignorancia pues así se creen ajenos a los problemas y prefieren ser peones del tablero a la espera del ataque del alfil, con la única esperanza de que éste llegue lo más tarde posible. Es la condición humana, tan bien aprovechada durante siglos por los poderosos. Somos acomodaticios por naturaleza, Pedro.
- Sabes qué te digo, Antonio, sabes qué te digo… que quién coño me mandaría a mí saludarte, hoy precisamente, hombre, quién me mandaría a mí invitarte a un café. Por qué cojones tuve que cruzarme contigo, rompehuevos, que eres un rompehuevos, que me has puesto la cabeza loca, Antonio, que me has “dao” el día y ya no levanto cabeza, hijo de puta, que ya está bien, hombre, qué coño te hecho yo… No, si la culpa es mía, encima conociéndote voy y entro al trapo, es que manda huevos… Por qué tendré que haberme hecho amigo tuyo, hombre, como si no hubiera más gente en el pueblo. Maldita sea mi estampa…
- Sabía yo, estimado Pedro, que acabarías negándome…
- ¡Jesús Bendito!
ODISEA EN EL ESPACIO.- La NASA versión cañí.
-.Atención, atención…. transbordador Pizarro, aquí central…
-.Adelante central, aquí Pizarro… ya estamos todos en el “carro”… ja, ja, ja, ja, ja, ja….
-.Comandante del Pizarro, ¿están todos en sus puestos?
-.Estamos todos más que “puestos”… ja, ja, ja, ja, ja,
-.Ignición.
-.¿Donde coño tenía esto el contacto?... Peláez… no te dejarías las llaves en el bar…
-.Retirada de torreta…
-.Tócame la “cebolleta”… ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja…
-.Comienza la cuenta atrás…
-.Adelante hombre del seiscientos… la carretera nacional es tuya… ja, ja, ja, ja, ja, ja.
-.Diez…
-.Como el vino de jerez…ja, ja, ja,…
-.Nueve…
-.Maricón el que no bebe… ja, ja, ja, es que me descojono…
-.Ocho…
-.Pásame ese “calimocho”….ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja,…
-.Siete…
-.Qué rico que está el clarete…ja, ja, ja, ja, ja,
-.Seis…
-.Es peor si no bebéis… ja, ja, ja, ja,…
-.Cinco…
-.El Jumilla me lo trinco…. ja, ja, ja, ja, …
-.Cuatro…
-.Para tinto el de la Patro… ja, ja, ja, ja,
-.Tres…
-.Redondos tengo los pies… ja, ja, ja, ja, ja,
-.Dos…
-.El orujo “pa” la tos… ja, ja, ja, ja, ja,….
-.Uno…
-.Un chupito al desayuno…ja, ja, ja, ja,….
-.Cero…
-.Y un cubata de “Pamperoooooooooo”… ja, ja, ja, ja, ja,… allá vamooooos….al ataqueeeerrrrrrr……
-.Comandante… comandante…
-.¿Qué te pica ahora, Pelaez?
-.Creo que voy a vomitar.
-.Pues con gravedad cero la vas a armar cojonuda… Ya te dije que no mezclaras, capullo… si es que tiene que estar uno en “to”.
CRÓNICAS RURALES.- MEMORIA
El Profesor Gutiérrez, Don Alipio Gutiérrez, de 75 años de edad, jubilado, como no, era un personaje en sí mismo. Machadiano hasta los tuétanos, socialista de libro, no de manual electoral, siempre vestido con su viejo traje gris, ajado pero impecable, su barba blanca y su leonina melena del mismo color domada a peine y agua. Respetado por todos, en la Dictadura fue represaliado por sus publicaciones y cumplió algún año de cárcel en La Modelo, si bien nadie osaba hacerle de menos en aquel pueblo, ni siquiera el cacique que, a pesar de todo, gustaba de sus charlas, radicales para él pero siempre dotadas de altas dosis de educación y afabilidad.
El Cabo Ramírez se extrañó al ver entrar su estampa de foto en color sepia por las puertas del Cuartel.
-Cuánto de bueno por esta humilde casa, Don Alipio, usted dirá qué se le ofrece.
-Buenos días, Cabo, muy buenos días, desearía, si no le requieren obligaciones de mayor enjundia, charlar un momento con usted, lo cual no deja de ser un placer para mi persona pues nos conocemos hace tiempo y hemos empatizado desde el principio.
-Para mí, mi querido Profesor, siempre es un honor poder intercambiar palabra con usted y siempre es más placer que obligación. Siéntese si es usted tan amable.
-Si, amigo Ramírez, aceptaré su invitación para el asiento dado que mis huesos se hallan especialmente resentidos en esta época del año. De calores y húmedos bochornos. No soy ni sombra de lo que fui, Cabo, ni sombra.
-Bueno Don Alipio, no exagere que se le ve a usted como una rosa. Usted dirá en qué puede ayudarle mi humilde persona.
-Bien Cabo, como usted ya sabe hace más de un año que me falta mi Alicia. La pobre, lo único que me quedaba en el mundo, bastante sufrió con aquel mal cruel que la fue invadiendo, más se fue en silencio, como siempre, sin molestar. Desde entonces estoy solo y, a pesar de todo, hasta la fecha, me sigo valiendo. Me acompañan mis viejos libros y, de vez en cuando, alguna partidita en el Casino, acompañada de buena plática y un poco de “Chinchón”.
-Debe de notar mucho la falta, Profesor, era una mujer encantadora, la alegría del pueblo sin duda.
-Era como un terremoto discreto, benemérito amigo. Llena de inquietudes y de amor que repartir a los demás. No merecía los padecimientos que le tocaron sufrir en sus últimos días. Pero vamos al grano que, aunque el recuerdo siempre es grato, no es lo que me ha traído aquí.
Verá usted, de un tiempo a esta parte vengo notando ciertas disfunciones en mi más que utilizada memoria. Hay veces que, al leer, único vicio compulsivo que me queda, tengo que volver sobre las páginas pues olvido lo recién leído y no hallo el contexto para entender las líneas que, en lo inmediato, pasan por mis cansados ojos.
-Habrá ido usted al médico.
-Si bien no soy amigo de los matasanos, como gremio, no en lo personal, fui a la capital y me sometieron a todo tipo de pruebas. El resultado es desolador querido agente, desolador. Tengo el comienzo de eso que se llamaba demencia senil y que ahora denominan “Alzheimer”. Dentro de unos meses, de seguir aquí, me cruzaría con usted y no distinguiría si es el párroco, el boticario o mi mismo padre. Me pusieron un tratamiento pero es un paliativo leve que nada puede hacer para evitar el triste proceso degenerativo que sufrirá mi otrora lúcido cerebro.
-Me deja usted estupefacto y profundamente entristecido, Don Alipio y estoy a su disposición para cualquier cosa que necesite pero no se me ocurre qué puedo hacer yo, en lo que a mi profesión se refiere.
-El motivo de mi visita, Señor Agente de la Ley, Ley democrática por fin, es dejar constancia, dar fe de que, si me ocurre algo, y esa es mi intención si antes no la olvido, sepa usted que ha sido por mi propia voluntad y sin intervención alguna de persona ajena. Vamos, que sepa usted que tengo la determinación irrenunciable de acabar con mi triste existencia antes de ser un vegetal o un alma errante en vida.
-Pero yo no puedo consentir que haga eso.
-Sé que su cargo tiene esas legítimas servidumbres, Cabo, pero apelo, aparte de al Guardia Civil, al amigo, a la persona amable y considerada que me dedicó su tiempo más de una vez y con el que tuve gozosas conversaciones sobre lo humano y lo divino, aunque de esto último estamos los dos algo faltos.
-No me obligue, Don Alipio, a tener que, para evitar una locura, trasladarle, aunque sea por la fuerza, a una Unidad Psiquiátrica.
-Usted sabe que estoy, de momento, en pleno uso de mis facultades, con lo cual, estaría usted cometiendo, seguramente por primera vez en su vida, una tremenda injusticia.
-La vida, a veces, te obliga a cometer alguna injusticia, sobre todo si es para evitar males mayores.
-Y qué mal hay mayor que verse uno convertirse en algo inanimado, vacío de recuerdos, de aprendizajes, de sentimientos vividos, de todo lo que compone eso que llamamos persona. Querido amigo, no le molesto más. Sé que obrará en consecuencia y en conciencia.
Antes que se me olvide. De verdad, ha sido enormemente grato compartir pedazos de vida con usted. Siga siendo como es mientras la edad lo deje. Buenos días, amigo.
-Buenos días, Profesor. Buenos días.
Ramírez quedó inmovilizado en su sillón viendo aquella figura galdosiana abandonar su despacho. Normas, reglamentos, códigos, moral y ética se cruzaban delante de su frente, enmarañándose y abotargándole los sentidos.
Qué hacer.
Pensó.
Nada.
Decidió.
CRÓNICAS RURALES.- La metamorfosis de Abdul

Argelino, como muchos otros empujados por la miseria, estuvo trabajando con anterioridad en Madrid en una multinacional de la construcción. A base de sacrificio consiguió hacer unos ahorros y decidió emanciparse y montar un negocio en aquel pueblo, donde había aumentado, como en casi toda la zona rural, la población inmigrante de origen magrebí, ocupada por lo general en empresas agrícolas y ganaderas así como en la, como no, floreciente industria del ladrillo y el adosado.
Abdul adquirió un local e inauguró un locutorio con acceso a internet y servicio de giros al extranjero.
Ya casi no se recordaba en el pueblo el antiguo y obligado locutorio de Merceditas, que tanta habilidad tenía con aquellas grandes clavijas y tantas caminatas se dio a buscar a domicilio a las madres y novias receptoras de llamadas desde cuarteles, grandes ciudades y el extranjero. La revolución tecnológica había acabado con el negocio pues todos los habitantes instalaron su propia línea fija o móvil y ahora, ya no emigraba casi nadie sino más bien se recibía a inmigrantes que vivían con cierto grado de integración no habiéndose producido, por lo que al Cabo Ramírez le constaba, ninguna tensión entre autóctonos y foráneos.
Le parecía curioso a Ramírez como el progreso a veces traía consigo cosas del pasado como, por ejemplo, un locutorio al pueblo.
Como ya dije, todo transcurría con normalidad pero nuestro benemérito protagonista se veía obligado, por imperativo de Madrid y, por sentido común dada la situación actual, a enviar informes sobre la población musulmana y sus actividades, por si éstas pudieran salirse de lo aceptable en cuanto a religiosidad y posible radicalización. El macro-juicio que se estaba celebrando en Madrid y las deficiencias en coordinación, prevención e investigación que afloraban en la vista obligaban a tomarse las cosas mucho más en serio.
Abdul era un buen hombre, moderno, buen esposo, respetuoso con su mujer y religioso sin excesos. No bebía, no fumaba, pero su mujer nunca llevó ni siquiera el típico pañuelo y era habitual verlos pasear de la mano con sus dos hijas correteando por el parque como cualquier familia de la localidad. Ramírez solía visitar el local, pues hicieron cierta amistad, lo que también le valió para obtener puntual información sobre la clientela del locutorio.
Cierto día, el Cabo desde la ventana del despacho, pudo ver a alguien entrar al locutorio, cuya única apariencia física le hizo saltar la alarma interna.
Un tipo corpulento, con ropas típicamente islámicas y una barba negra y larga. La indumentaria y actitud del individuo, que antes de entrar al local hizo un reconocimiento visual de toda la plaza, así como el hecho de que, nada más entrar el individuo, Djamila saliera del establecimiento apresuradamente con la cabeza gacha y un rictus de honda preocupación en el rostro hicieron que Ramírez sintiera una extraña sensación en el estómago, síntoma de que algo no iba bien.
El extraño visitante no volvió a verse por allí transcurrida una semana y fue en ese momento cuando Ramírez decidió visitar de nuevo a Abdul.
Cuando entró Abdul le retiró la mirada al saludarle y respondió a las afables preguntas con evasivas. Sobre la visita de aquel día solo dijo que era un paisano suyo en viaje que había parado para hacer una llamada.
El Guardia redactó un informe que envió a la Comandancia pero, como casi siempre, no supo nada de la utilidad o no del mismo.
Transcurrieron los meses y un día, mientras patrullaba con Antúnez, a pié por las calles del pueblo observó al argelino venir por la acera de enfrente.
Estaba mucho más delgado, lo cual podía ser síntoma de que ayunaba por encima del mínimo exigible por la religión; su mujer ya no iba de su mano sino que caminaba varios pasos por detrás y la misma parecía envejecida y triste, muy triste.
Ramírez no tenía dudas, la poca formación en la materia que le habían proporcionado más lo que él mismo había leído por esos mundos de internet, le llevaban a la conclusión de que Abdul se estaba radicalizando en sus posturas, al menos en lo religioso.
Eran las dos de la mañana de un viernes cuando recibió en su móvil una llamada. Era Brian, el irlandés de la taberna que, en voz baja, le decía que en el bar estaba Abdul, completamente borracho, incomodando a la clientela diciendo cosas muy extrañas.
Saltó de la cama como un rayo vistiéndose precipitadamente mientras llamaba a Antúnez para que bajara con urgencia. Salió a la calle y, en la puerta, estaba Antúnez bostezando. "¿Qué pasa, Cabo?". "De momento solo un borracho, Antúnez, de momento".
Cuando entraron al bar Abdul se levantó de la banqueta y puso sus manos en la nuca. "Me rindo, Jefe, me rindo, no tengo nada Jefe, no he hecho nada, sólo emborracharme, un pecado pero aquí no es delito, ¿verdad?".
Antúnez quedó estupefacto cuando vio a su cabo, desencajado, sacar en volandas al "morito" del local. A unos metros de la puerta apoyó la espalda de Abdul contra la pared zarandeándolo y preguntándole a gritos "¿En qué coño andas metido Abdul?, no me jodas que a mí no me la das, ¿en qué coño andas metido?".
El magrebí, como recuperado del "pedal", le miró serenamente y casi sonriendo le contestó:
- "Tengo mis derechos, Cabo, y yo no he hecho nada, nada."
- El problema es lo que coño vayas a hacer, Abdul, lo que vayas a hacer.
- ¿Me suelta para que vuelva a mi casa?. Usted es buena gente y no quisiera denunciarle por abusos racistas. Me jodería, Ramírez, tener que hacerlo.
Ramírez le soltó reprimiéndose y Abdul comenzó a andar hacia su casa diciendo "Con nuestra fe y sus leyes... ja, ja, ja".
Antúnez, mientras acompañaba al Cabo hasta el cuartel, aún desconcertado por lo sucedido, de lo cual no entendía nada, preguntó: "Pero los musulmanes ¿no pueden beber, no?".
- Si, si son "soldados de Alá".
- No me joda, Ramírez...
El Cabo lo miró con una expresión conocida que a Antúnez le revelaba que estaba equivocado.
- Hasta mañana Antúnez.
Al día siguiente el locutorio amaneció cerrado. Nunca más se supo de Abdul, Djamila y las niñas en el pueblo y el resto del colectivo de magrebíes ignoraba, unos más que otros, el paradero de sus antiguos vecinos. Ramírez redactó un informe extenso con lo ocurrido y lo envió con premura a la Comandancia.
A las pocas semanas el Cabo recibió una llamada del Teniente Grijalbo, jefe suyo en "el Norte" y que ahora llevaba el grupo de información de la demarcación. A parte de saludarle efusivamente, como siempre, le felicitaba por la información facilitada en sus informes, a través de la cual se había llegado a la detención de una célula islamista en Barcelona. Entre los detenidos no se encontraba Abdul.
Abdul había salido del país y cierto día, en una calle de Basora, se metió gateando bajo un tanque estadounidense y se inmoló llevándose por delante a tres marines.
A Ramírez solo le quedaba un recuerdo. La mirada de Djamila.
CRÓNICAS RURALES.- El disputado voto del indeciso.
CRÓNICAS RURALES.- Ópera maldita.
DIÁLOGO
CRÓNICAS RURALES.- DE "MORITOS" Y CAMISETAS
CRÓNICAS RURALES.- De cortes de cinta.
CRÓNICAS RURALES.- EL CAPITAL
CRÓNICAS RURALES.- EL CRÍMEN DEL "REGRESADO"
Cuando lo vió en la puerta de su despacho, el Cabo Ramírez no daba crédito a sus ojos. Allí estaba, con la expresión ausente de siempre, Froilán “El Regresado”, con su raída gabardina gris, abundantemente salpicada de sangre. Llevaba en la mano un cuchillo de monte de treinta centímetros de hoja que, una vez cruzó la mirada con el agente, dio la vuelta empuñándolo por el acero y encarando la empuñadura de cuerna de ciervo hacia su interlocutor y tras apoyarla en el antebrazo izquierdo, con un gesto clásico de otras épocas dijo con voz serena y una leve y cortés inclinación de cabeza: “Me rindo y vengo a entregarme”. Aquellas eran las primeras palabras que nadie había oído, en muchos años, de boca de aquel hombre.
Aquél pueblo nunca tuvo “tonto” oficial. No se conoció, en lo que alcanzaba la memoria de los más ancianos, a nadie que respondiera al estereotipo de “tonto del pueblo”, ni a persona con la mínima deficiencia mental. Aquel pueblo tenía a Froilán, el cual, si bien tenía un comportamiento fuera de lo común, siempre fue respetado y querido y nunca nadie tuvo la osadía de considerarle “loco” o “tonto”.
Cuentan que, muy joven, a falta de trabajo y posibilidades económicas de sus padres para darle carrera, marchó de casa un buen día y se presentó a una oposición no se sabe concretamente cual, pero sí que era para una fuerza de seguridad. Tras aprobarla y pasar la correspondiente academia, parece ser que marchó voluntario al País Vasco en unos tiempos turbulentos en los que, casi a diario, se conocía la noticia de alguna muerte violenta.
Nadie, salvo tres o cuatro personalidades del lugar, entre las que se encontraba Ramírez, supo nunca qué le ocurrió concretamente durante su ausencia, el caso es que, cuando volvió a casa, ya no era el mismo.
Silencioso e impasible, salía de su casa bien de mañana, con la gabardina de siempre, hiciera frío o calor. Cuando se cruzaba con sus paisanos, éstos, le saludaban afectuosamente y él correspondía con una leve sonrisa de su casi impenetrable mirada. Se pasaba el día recorriendo el pueblo y sus inmediaciones a pié, en actitud vigilante. Cuando llegaba algún forastero, éste era sometido, sin percatarse en lo más mínimo, a un meticuloso y discreto seguimiento. El Cabo Ramírez, muchas veces lo observaba desde la ventana de su despacho hacer sus labores de contravigilancia y notaba como, sin cambiar el gesto, iba revisando con la mirada todos los bajos de los vehículos de la acera de enfrente. Cuando alguien sospechoso o de poco fiar aparecía por el pueblo, Ramírez solía enterarse primero por una pequeña nota que aparecía bajo la persiana de la ventana de su oficina con una precisa descripción física, hora de llegada, lugares frecuentados, modelo, color y matrícula de vehículo, etc. Froilán siempre acertaba, si el reseñado en sus misivas no traía malas intenciones, solía siempre contar con algún historial policial.
En otras ocasiones, a Ramírez le invadía la ternura cuando comprobaba como su colaborador interrumpía sus secretas labores cuando aparecía Rosita. Rosita era sin duda la mejor moza de la comarca, pero también la más desgraciada pues acabó casada con “El Zamarrón”. Este elemento se había hecho a sí mismo trabajando primero como albañil en el extranjero y, con lo ahorrado en esos años, montando una constructora que, no se sabe muy bien con qué artes, tenía la exclusividad en la mayoría de obras públicas y viviendas protegidas de
Era evidente que Froilán amaba a aquella mujer. Todas las noches Rosita, tras la cena, encontraba en la ventana una pequeña hoja de papel cuadriculado con unos versos que solía memorizar antes de hacerla desaparecer.
“Que mi alma huída
te acune en tus sueños,
ahuyentando miedos,
insuflando vida
y colores nuevos
a tu mar dormida.”
Aquellas rimas eran lo único que sacaban, tanto a Froilán, el autor, como a Rosita, de la rutina diaria impuesta, a uno por su trastorno, y a la otra por su dramática cotidianeidad.
Aquella madrugada “El Regresado” se disponía a dejar sus versos en la ventana de Rosita cuando escuchó los gritos del marido que, al parecer, debía de haber regresado borracho al domicilio.
- ¿Tu te crees que esto es cena para un trabajador?.
- Si hubieras venido a una hora normal no estaría fría.
- Mira, niña, no me contestes que estoy empezando a cabrearme y sabes lo que puede pasarte cuando yo me cabreo. Que, últimamente estás muy crecidita, mosquita muerta, que si no fuera por mí estarías por ahí tirada tú y toda tu familia de muertos de hambre.
- Muertos de hambre pero honrados…
- Rosita no me tientes que te estampo la cabeza contra la pared.
- Ya estoy harta Antonio. Como se te ocurra acercarte te denuncio a
- Con que esas tenemos, hija de puta. No te preocupes que no vas a tener que divorciarte, te lo voy a solucionar yo ahora mismo.- Dijo dirigiéndose a la vitrina en la que guardaba las escopetas, completamente desencajado y con los ojos inyectados en sangre.
En ese momento, un estruendo de cristales inundó aquel salón cuando Froilán atravesaba la ventana protegiéndose la cara embozado en la gabardina de la que, una vez aterrizó en el parqué, sacó el machete montero y con un rápido y certero giro de muñeca seccionó la yugular del “Zamarrón”. Éste, mientras su cuello regaba de sangre, con intermitentes aspersiones, toda la sala y sus ocupantes, emitía una especie de alarido similar a los gruñidos del cerdo en San Martín, cayendo al suelo tras varios giros en círculo y, entre estertores y ronquidos inhumanos, fue apagándose sobre la alfombra, con los ojos abiertos y chapoteando en un creciente charco rojo.
Froilán, con el machete oculto por su antebrazo, miró a Rosita con una leve y tierna sonrisa de ojos y salió por donde había entrado. Antes de dirigirse al Cuartelillo tuvo tiempo de redactar la última nota que dejó en el lugar habitual.
Pasados unos días, cuando el pueblo se estaba intentando recuperar de la conmoción y de la invasión de periodistas, Rosita se dispuso a recoger sus cosas de la casa solariega que el difunto había convertido en una especie de museo de los horrores. Algo le dijo que debía volver a la ventana de los poéticos mensajes y así lo hizo. Allí estaba el pequeño papel cuadriculado pero, esta vez, ligeramente manchado de sangre, como una firma sagrada.
“Ahora liviana vuela
que será tu vuelo
el que engalane el cielo
de mi escondida celda”
Nadie más supo en el pueblo de Rosita. Ni de Froilán y su cautiverio terapéutico, salvo Ramírez que, cuando se asomaba a la ventana, sonreía con los ojos encharcados, buscando sospechosos.