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OPINIÓN MÁS QUE AUTORIZADA.

No sé yo si será menester que dé mi opinión de ciertas cosas. Pero yá que usté me la pide con esa cara tan simpatica, que tiene usté una cara de cachondo que pá qué... Bueno, la verdad, mire usté, es que yo soy bastante primario. Las cuatro reglas y pare de contar, qué quiere, con lo que me tocó vivir, porque yo he pasao mucho. Aquí nos comía la miseria, fíjese usté, pero bueno, no voy a cansarle con mis penas. Bueno, que se ha montao no se qué follón con el rollo ese de si Zapatero iba o no iba a la reunión esa tan importante de los G no sé cuantos. A él, pa qué nos vamos a engañar, se le veía ilusionao con ir y parece que el americano, sí hombre el mandamás ese de las bombas y el petróleo, que andaba algo cabreao con Zp por lo de la bandera, los soldaos que retiró y esas cosas, sabe usté, y por mor de aquello pues no quería dejá a la criaturita que fuera p'allá. Menuda se las gastan los yanquis, y si no que les pregunten a los japoneses, que se les ocurrió toserles y mira, si se descuidan acaban tos en el lucero del alba. Y es que no quedan americanos de los buenos, como el Juan Vaina ese de las vaquerás, qué tío, vaya leches soltaba y como tiraba, pero eso sí, siempre con razón que los demás siempre eran mas hijoputas que él. Pero al final, tanto llorar de un lao pa otro que el gabacho ese de la cantante le ha dejao una silla, pa que al menos esté sentao que si no va a paecé un camarero. Y dice nuestro presidente que tiene mucho que decir allí. Pues, mire usté, a mí me pué paecé bien que diga en las Américas lo que quiera. Será bueno lo que diga, no lo voy a discutí yo, que encima le voté, y lo hará con toa la buena intención, pero no pueo quitame de la cabeza algunos barruntos que se me vienen con esto de la economía, la crisis y la puta que los parió a tós, con perdón. Pues no van y dicen que van allí a refundá el capitalismo, tiene cojones la cosa. Vamos a ver, ¿Zapatero no es socialista?, lo es, ¿no?, pues entonces, Virgen Santísima, qué coño pinta un socialista refundando el capitalismo. No sé, digo yo que, como le he dicho, no estoy mu preparao pa opiná ná de ná, pero bueno. Pues, como le iba diciendo... ¿por dónde iba?, ¡ah!, ya me acuerdo, hombre, es que se me va la azotea de vez en cuando, que son muchas horas de sol en el cogote, amigo mío. Bueno, pues eso, que el socialismo, y corríjame si me equivoco, está en contra del capitalismo, ¿o no?, pues entonces, a qué coño va un socialista a refundarlo. Refundirlo era lo que tenía que hacé, hombre de Dios, que bastante nos han jodío a los pobres como para que ahora le pongan cimientos nuevos pa que no se caiga y sigan cagando por encima de los mismos. Me cago en el misterio... Si no fuera porque uno esta fatá de la artrosis y tiene una pensión pa mantené a sus nietos, ganas me daban de echarme al monte como los maquis, fíjese lo que le digo... "refundá". Tiene cojones la cosa, nos ha jodío mayo con no llové... "socialista"... tiene cojones la carga leña, y pensá que le voté por eso... ¿No ve?, ya me encendí, es que me caliento y no me conozco, ale, yá no digo más ná, si le apetece un tinto y una rosca chorizo pase pa dentro que aquí corre el relente y no es na bueno pa la espalda. ¿Y dónde dice que va a salir esto? ¿En interné?. Joer, eso me coge un poco a trasmano... luego se lo explica usté a mi nieto Ramón, que es el que anda tol santo día con el aparatejo ese.

CRÓNICAS RURALES.- Violencia política.

Allí estaba, al otro lado de la mesa de Ramírez, cabizbajo, Santiaguito, el "Skinhead" local. En la mejilla derecha una definida marca rosada de cinco potentes dedos parecía latir. Contemplándola, Ramírez recordó el momento en que pudo sujetarle la muñeca derecha antes de que sacara de la cintura el cuchillo de monte que iba sin duda destinado al cuerpo de Carlos, el otro protagonista de la sonada pelea en la plaza, el único "okupa" del pueblo. Recordó también el sonido seco de la instintiva bofetada que acabó con Santiaguito rodando mientras el Cabo le desarmaba. Un sonido similar al bofetón que oportunamente Antúnez había propinado a Carlitos cuando lanzaba sus botas militares contra la cabeza del neonazi. Lo del arma le iba a costar más caro al que ahora comparecía ante él pues Fiscalía de Menores decidiría sin duda un internamiento en algún Centro de la Comunidad.
- Bueno, Santiaguito, bueno...
- Santiago, si no le importa...
- Es verdad, Santiago, que yá tienes 16 años y estás hecho todo un hombre... sobre todo para ir armado con un cuchillo por ahí...
- Lo llevo para defenderme de la escoria, de los enemigos de España, de los moros y los negros que apestan nuestro país y de los "guarros" que los defienden. Yo estoy de su parte, Cabo...
- ¿De mi parte?. Pues con amigos como tú para qué quiere uno enemigos. Lo siento, niñato, pero yo no tengo nada que ver contigo, sólo el que tengo que lidiar con tus salvajadas de descerebrado al igual que con las gamberradas del que está ahí fuera, al que le querías meter el puñal que para colmo es tu primo.
- Ese es un "guarro". Un rojo de mierda y un "okupa" amigo de separatistas. Ese sí es su enemigo, y enemigo de este país que va a ir a la mierda, no yo.
- ¿Y a tí quién te ha enseñado esas cosas, pedazo de animal?. ¿Quién anda por ahí llenándote el cerebro de mierda?. En el pueblo no creo, que aquí nos conocemos todos. Seguro que frecuentas algún antro de mala nota por la capital donde te juntas con otros becerros como tú.
- ¿Por qué tiene que insultarme?. Yo soy un español y lo que hago lo hago por España.
- Pues dejad a España en paz que es lo que hace falta, que os dejéis de estupideces y os dediquéis a estudiar. Porque, ¿qué fue de los estudios, Santiaguito?. Tu padre murió reventado a trabajar para darte un porvenir y tu madre fregando portales por ahí para mantener a semejante acémila. Bueno, no tengo más que hablar, dentro de una hora vendrán para llevarte a Fiscalía de Menores a ver qué deciden hacer contigo. A ver si te sirve de escarmiento y cambias de amistades. Y empieza a leer por lo menos, pero no basura, libros de los de verdad que aún estás a tiempo de convertirte en persona.
- Joder, Cabo, si al final hasta la Guardia Civil está infestada de rojos.
- Roja te voy a poner la otra mejilla como vuelvas a pasarte. Anda, espera en el banco de fuera y díle a tu primo que pase.
Al instante entró Carlos, "Karlos" como nombre de guerra, el que había fundado un "Centro Social" en la casa señorial abandonada cuyos legítimos propietarios nunca quisieron denunciar la "okupación", a la espera de conseguir dinero para hacer algún hostal rural o algo por el estilo. De momento no había negocio así que toleraban la usurpación reivindicativa y las juergas y conciertos que organizaba Carlitos.
- Siéntate.- Dijo el Cabo mirando al ceñudo joven.
- ¿Que me va, a torturar?.
- No tengo tiempo, además el "potro" lo están reparando y la batería para las descargas está en el "Patrol". Así que siéntate y deja de decir estupideces.
- Son todos ustedes unos fascistas...
- Mira, en eso estáis de acuerdo los dos primos, mira por donde. Bueno, no tengo tiempo de aguantarte, vuelve al pasillo y siéntate lejos de tu primo mientras viene tu padre a recojerte, que lo tienes contento.
Karlos salió dando un portazo, lo cual provocó que Ramírez se agarrara con fuerza a los brazos del sillón para casi levantarse pero se contuvo y volvió a sentarse.
Haciendo un leve giro de cabeza hacia la cortina que tenía detrás dijo: - Ya puede pasar.
Entonces apareció él, Don Ramón, arrastrando sus 92 años de edad, frotándose los ojos con un blanco pañuelo arrugado. Don Ramón era el abuelo común de los dos implicados en la trifulca, de "Karlos" por parte de padre y de Santiaguito por parte de madre. Los ojos enrojecidos apenas podían retener las prudentes lágrimas.
- Malos tiempos, Cabo, malos tiempos... y malos recuerdos amigo Ramírez, muy malos recuerdos. No hemos cambiado nada... ¿por qué en este puñetero país nos gustará tanto verter la propia sangre?...
- No sea pesimista, Don Ramón, la juventud tiene etapas y todo pasa... esperemos.
- Detrás de Caín siempre hay alguien que le da la quijada... Cabo. Que tenga usted un buen día.
- Igualmente Don Ramón.
Cuando el anciano cerró la puerta se aflojó el nudo de la corbata y desabotonó el cuello de la camisa que le ahogaba. No quería pensar más y abrió su blog a ver qué se le ocurría.

PROBLEMAS DOMÉSTICOS.- Actualización hipotética

Si es queee... teniendo la casa como la tengo, con Sofía cabreada siempre porque estoy de caza, (bueno, de caza, je, je...), la Letizia que no la trago, que quiere mandar en tó, con Elenita separándose, el futuro ex-marido con los modelitos que me sacaaa, Froilancito que está hecho un cabroncete que no hay quien lo aguante, y ahora va el cabezón de Chavez y me calienta. Pues yo no me aguanto, que yo no tengo talante y total, para que me quemen en foto otra vez, que le den, que estoy harto hombre de morderme la lengua, que despues de aguantar a "Fedegico", tener que soportar al cantante de boleros este de los cojones. Ni un momentín ni hostias, Z, que no te deja hablar, ¿no lo ves?. encima de que estás siendo suavín, como siempre, que no puedo más... ¿Te quieres callar?. Si es que tengo un pronto que pa qué. Tarda en salirme, pero cuando me sale, me conozco. Bueno, lo que faltaba ahora, el Orteguita metiéndose con los empresarios. Yo me voy Zapa, que se me hinchan los huevos y pasa lo que pasa, que nos cuesta un disgusto. Además, si tengo que abdicar, abdico y que se lo coma Felipín, que ya es grande, y si viene la República pues a disfrutar de la jubilación cantando el himno de Riego, que empiezo a cansarme de Zarzuela, "Zp", te lo juro, que se me cae encima y no me llena ni de orgullo ni de satisfacción. Vaya tropa, Z, vaya tropa.

CRÓNICAS RURALES.- Diálogos madrugados.

- Coño, Antonio, muy temprano te veo para ser fiestas.

- Festejar es un espejismo en mitad de este árido desierto que es la existencia.

- Joder, Antonio, pues sí que te ha “dao” profunda.

- Mis palabras carecen de toda profundidad, son vanas entelequias de un humilde mortal.

- Como tú digas, hombre. Anda, vamos a tomar un café y charlamos un rato.

- ¿Por qué no?. Tengo tiempo, un tiempo relativo, tanto como el espacio que ocupo o que recorro.

- La leche, anda que has amanecido cojonudo…

- Me basta con amanecer, amigo Pedro. Ver el día, para el mortal, es más que motivo de alegría pues es la prueba fehaciente de que, al menos de momento, sobrevives a la fatalidad del indefectible fin. Fin que, por otra parte, debiéramos tomarnos con mayor naturalidad y aceptarlo como parte del ciclo en el que está inmerso todo ser vivo. Pero el hombre, por racional, o por más racional que el resto, es soberbio y le falta resignación, dando así, involuntariamente, argumento a las sotanas y los templos que rentabilizan nuestros temores arcanos.

- No, si a mí lo que dices me parece bien, pero te veo raro, no sé. ¿Estás bien?. ¿No te habrá bajado el azúcar o algo?. No quiero ofender pero te veo algo transtornado, como si se te hubiera ido un poco la cabeza.

- Las luces de la razón siempre se han considerado delirios de locura, querido convecino, cuando no posesión demoníaca, brujería o herejía. Acuérdate de Galileo, Darwin, etc…

- No tengo el gusto, Antonio, de conocer a esos señores.

- Yo tampoco los conozco personalmente aunque en el legado que dejaron hay más que útiles herramientas para comprender el mundo actual. Sin ser contemporáneos bien pudieran dar luz a esta era de nuevas tinieblas en la que nos sume la tecnología, la comunicación globalizada, el consumismo y tantas otras cosas con las que nos anestesian, querido Pedro.

- Bueno anda, tómate el café y déjate de discursitos que te veo venir y seguro que empiezas a soltarme mítines. Que cuando empiezas con la política eres tremendo, que ya hay quién se aparta en cuanto te ve calentarte con tu marxismo y todas esas cosas pasadas de moda.

- Pedro, la verdad, la razón, no son modas ni van por temporadas. Cuando están fundamentadas perviven en la conciencia colectiva y mantienen su vigencia, amoldándose a las coyunturas de cada momento, pero la base, la raíz de la idea se mantiene por mucho que le hayan cambiado el tiesto y las flores adquieran distintos tonos cada nueva primavera. Bien sé que la gente se me aparta cuando expongo argumentos, es sencillo, la mayoría prefiere la ignorancia pues así se creen ajenos a los problemas y prefieren ser peones del tablero a la espera del ataque del alfil, con la única esperanza de que éste llegue lo más tarde posible. Es la condición humana, tan bien aprovechada durante siglos por los poderosos. Somos acomodaticios por naturaleza, Pedro.

- Sabes qué te digo, Antonio, sabes qué te digo… que quién coño me mandaría a mí saludarte, hoy precisamente, hombre, quién me mandaría a mí invitarte a un café. Por qué cojones tuve que cruzarme contigo, rompehuevos, que eres un rompehuevos, que me has puesto la cabeza loca, Antonio, que me has “dao” el día y ya no levanto cabeza, hijo de puta, que ya está bien, hombre, qué coño te hecho yo… No, si la culpa es mía, encima conociéndote voy y entro al trapo, es que manda huevos… Por qué tendré que haberme hecho amigo tuyo, hombre, como si no hubiera más gente en el pueblo. Maldita sea mi estampa…

- Sabía yo, estimado Pedro, que acabarías negándome…

- ¡Jesús Bendito!

ODISEA EN EL ESPACIO.- La NASA versión cañí.

Parece ser que las últimas misiones espaciales de la NASA eran una “romería” y los tripulantes solían subir a la nave ligeramente “ajerezados”. Vamos, que para quitarse el miedo a las alturas recurrían asiduamente al morapio, como hacen algunos pasajeros de líneas aéreas, que, para superar el pánico a volar, recurren a los destilados y luego el resto de viajeros soporta escenas propias de “Aterriza como puedas”. No sé si la todopoderosa Agencia Espacial tomará medidas y sustraerá de los carnés de astronauta los correspondientes puntos o tendrá que poner controles de alcoholemia en órbita, pero ¿se imaginan ustedes esta anécdota trasladada a una posible agencia espacial española, ahora que todo nos va tan bien y tenemos satélites espía, y espías satélites, y todas esas cosas?.

-.Atención, atención…. transbordador Pizarro, aquí central…

-.Adelante central, aquí Pizarro… ya estamos todos en el “carro”… ja, ja, ja, ja, ja, ja….

-.Comandante del Pizarro, ¿están todos en sus puestos?

-.Estamos todos más que “puestos”… ja, ja, ja, ja, ja,

-.Ignición.

-.¿Donde coño tenía esto el contacto?... Peláez… no te dejarías las llaves en el bar…

-.Retirada de torreta…

-.Tócame la “cebolleta”… ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja…

-.Comienza la cuenta atrás…

-.Adelante hombre del seiscientos… la carretera nacional es tuya… ja, ja, ja, ja, ja, ja.

-.Diez…

-.Como el vino de jerez…ja, ja, ja,…

-.Nueve…

-.Maricón el que no bebe… ja, ja, ja, es que me descojono…

-.Ocho…

-.Pásame ese “calimocho”….ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja,…

-.Siete…

-.Qué rico que está el clarete…ja, ja, ja, ja, ja,

-.Seis…

-.Es peor si no bebéis… ja, ja, ja, ja,…

-.Cinco…

-.El Jumilla me lo trinco…. ja, ja, ja, ja, …

-.Cuatro…

-.Para tinto el de la Patro… ja, ja, ja, ja,

-.Tres…

-.Redondos tengo los pies… ja, ja, ja, ja, ja,

-.Dos…

-.El orujo “pa” la tos… ja, ja, ja, ja, ja,….

-.Uno…

-.Un chupito al desayuno…ja, ja, ja, ja,….

-.Cero…

-.Y un cubata de “Pamperoooooooooo”… ja, ja, ja, ja, ja,… allá vamooooos….al ataqueeeerrrrrrr……

-.Comandante… comandante…

-.¿Qué te pica ahora, Pelaez?

-.Creo que voy a vomitar.

-.Pues con gravedad cero la vas a armar cojonuda… Ya te dije que no mezclaras, capullo… si es que tiene que estar uno en “to”.

CRÓNICAS RURALES.- MEMORIA

El Profesor Gutiérrez, Don Alipio Gutiérrez, de 75 años de edad, jubilado, como no, era un personaje en sí mismo. Machadiano hasta los tuétanos, socialista de libro, no de manual electoral, siempre vestido con su viejo traje gris, ajado pero impecable, su barba blanca y su leonina melena del mismo color domada a peine y agua. Respetado por todos, en la Dictadura fue represaliado por sus publicaciones y cumplió algún año de cárcel en La Modelo, si bien nadie osaba hacerle de menos en aquel pueblo, ni siquiera el cacique que, a pesar de todo, gustaba de sus charlas, radicales para él pero siempre dotadas de altas dosis de educación y afabilidad.

El Cabo Ramírez se extrañó al ver entrar su estampa de foto en color sepia por las puertas del Cuartel.

-Cuánto de bueno por esta humilde casa, Don Alipio, usted dirá qué se le ofrece.

-Buenos días, Cabo, muy buenos días, desearía, si no le requieren obligaciones de mayor enjundia, charlar un momento con usted, lo cual no deja de ser un placer para mi persona pues nos conocemos hace tiempo y hemos empatizado desde el principio.

-Para mí, mi querido Profesor, siempre es un honor poder intercambiar palabra con usted y siempre es más placer que obligación. Siéntese si es usted tan amable.

-Si, amigo Ramírez, aceptaré su invitación para el asiento dado que mis huesos se hallan especialmente resentidos en esta época del año. De calores y húmedos bochornos. No soy ni sombra de lo que fui, Cabo, ni sombra.

-Bueno Don Alipio, no exagere que se le ve a usted como una rosa. Usted dirá en qué puede ayudarle mi humilde persona.

-Bien Cabo, como usted ya sabe hace más de un año que me falta mi Alicia. La pobre, lo único que me quedaba en el mundo, bastante sufrió con aquel mal cruel que la fue invadiendo, más se fue en silencio, como siempre, sin molestar. Desde entonces estoy solo y, a pesar de todo, hasta la fecha, me sigo valiendo. Me acompañan mis viejos libros y, de vez en cuando, alguna partidita en el Casino, acompañada de buena plática y un poco de “Chinchón”.

-Debe de notar mucho la falta, Profesor, era una mujer encantadora, la alegría del pueblo sin duda.

-Era como un terremoto discreto, benemérito amigo. Llena de inquietudes y de amor que repartir a los demás. No merecía los padecimientos que le tocaron sufrir en sus últimos días. Pero vamos al grano que, aunque el recuerdo siempre es grato, no es lo que me ha traído aquí.

Verá usted, de un tiempo a esta parte vengo notando ciertas disfunciones en mi más que utilizada memoria. Hay veces que, al leer, único vicio compulsivo que me queda, tengo que volver sobre las páginas pues olvido lo recién leído y no hallo el contexto para entender las líneas que, en lo inmediato, pasan por mis cansados ojos.

-Habrá ido usted al médico.

-Si bien no soy amigo de los matasanos, como gremio, no en lo personal, fui a la capital y me sometieron a todo tipo de pruebas. El resultado es desolador querido agente, desolador. Tengo el comienzo de eso que se llamaba demencia senil y que ahora denominan “Alzheimer”. Dentro de unos meses, de seguir aquí, me cruzaría con usted y no distinguiría si es el párroco, el boticario o mi mismo padre. Me pusieron un tratamiento pero es un paliativo leve que nada puede hacer para evitar el triste proceso degenerativo que sufrirá mi otrora lúcido cerebro.

-Me deja usted estupefacto y profundamente entristecido, Don Alipio y estoy a su disposición para cualquier cosa que necesite pero no se me ocurre qué puedo hacer yo, en lo que a mi profesión se refiere.

-El motivo de mi visita, Señor Agente de la Ley, Ley democrática por fin, es dejar constancia, dar fe de que, si me ocurre algo, y esa es mi intención si antes no la olvido, sepa usted que ha sido por mi propia voluntad y sin intervención alguna de persona ajena. Vamos, que sepa usted que tengo la determinación irrenunciable de acabar con mi triste existencia antes de ser un vegetal o un alma errante en vida.

-Pero yo no puedo consentir que haga eso.

-Sé que su cargo tiene esas legítimas servidumbres, Cabo, pero apelo, aparte de al Guardia Civil, al amigo, a la persona amable y considerada que me dedicó su tiempo más de una vez y con el que tuve gozosas conversaciones sobre lo humano y lo divino, aunque de esto último estamos los dos algo faltos.

-No me obligue, Don Alipio, a tener que, para evitar una locura, trasladarle, aunque sea por la fuerza, a una Unidad Psiquiátrica.

-Usted sabe que estoy, de momento, en pleno uso de mis facultades, con lo cual, estaría usted cometiendo, seguramente por primera vez en su vida, una tremenda injusticia.

-La vida, a veces, te obliga a cometer alguna injusticia, sobre todo si es para evitar males mayores.

-Y qué mal hay mayor que verse uno convertirse en algo inanimado, vacío de recuerdos, de aprendizajes, de sentimientos vividos, de todo lo que compone eso que llamamos persona. Querido amigo, no le molesto más. Sé que obrará en consecuencia y en conciencia.

Antes que se me olvide. De verdad, ha sido enormemente grato compartir pedazos de vida con usted. Siga siendo como es mientras la edad lo deje. Buenos días, amigo.

-Buenos días, Profesor. Buenos días.

Ramírez quedó inmovilizado en su sillón viendo aquella figura galdosiana abandonar su despacho. Normas, reglamentos, códigos, moral y ética se cruzaban delante de su frente, enmarañándose y abotargándole los sentidos.

Qué hacer.

Pensó.

Nada.

Decidió.

CRÓNICAS RURALES.- La metamorfosis de Abdul


Hacía diez años que Abdul, acompañado de su mujer Djamila y sus dos preciosas hijas, se había instalado en el pueblo.
Argelino, como muchos otros empujados por la miseria, estuvo trabajando con anterioridad en Madrid en una multinacional de la construcción. A base de sacrificio consiguió hacer unos ahorros y decidió emanciparse y montar un negocio en aquel pueblo, donde había aumentado, como en casi toda la zona rural, la población inmigrante de origen magrebí, ocupada por lo general en empresas agrícolas y ganaderas así como en la, como no, floreciente industria del ladrillo y el adosado.
Abdul adquirió un local e inauguró un locutorio con acceso a internet y servicio de giros al extranjero.
Ya casi no se recordaba en el pueblo el antiguo y obligado locutorio de Merceditas, que tanta habilidad tenía con aquellas grandes clavijas y tantas caminatas se dio a buscar a domicilio a las madres y novias receptoras de llamadas desde cuarteles, grandes ciudades y el extranjero. La revolución tecnológica había acabado con el negocio pues todos los habitantes instalaron su propia línea fija o móvil y ahora, ya no emigraba casi nadie sino más bien se recibía a inmigrantes que vivían con cierto grado de integración no habiéndose producido, por lo que al Cabo Ramírez le constaba, ninguna tensión entre autóctonos y foráneos.
Le parecía curioso a Ramírez como el progreso a veces traía consigo cosas del pasado como, por ejemplo, un locutorio al pueblo.
Como ya dije, todo transcurría con normalidad pero nuestro benemérito protagonista se veía obligado, por imperativo de Madrid y, por sentido común dada la situación actual, a enviar informes sobre la población musulmana y sus actividades, por si éstas pudieran salirse de lo aceptable en cuanto a religiosidad y posible radicalización. El macro-juicio que se estaba celebrando en Madrid y las deficiencias en coordinación, prevención e investigación que afloraban en la vista obligaban a tomarse las cosas mucho más en serio.
Abdul era un buen hombre, moderno, buen esposo, respetuoso con su mujer y religioso sin excesos. No bebía, no fumaba, pero su mujer nunca llevó ni siquiera el típico pañuelo y era habitual verlos pasear de la mano con sus dos hijas correteando por el parque como cualquier familia de la localidad. Ramírez solía visitar el local, pues hicieron cierta amistad, lo que también le valió para obtener puntual información sobre la clientela del locutorio.
Cierto día, el Cabo desde la ventana del despacho, pudo ver a alguien entrar al locutorio, cuya única apariencia física le hizo saltar la alarma interna.
Un tipo corpulento, con ropas típicamente islámicas y una barba negra y larga. La indumentaria y actitud del individuo, que antes de entrar al local hizo un reconocimiento visual de toda la plaza, así como el hecho de que, nada más entrar el individuo, Djamila saliera del establecimiento apresuradamente con la cabeza gacha y un rictus de honda preocupación en el rostro hicieron que Ramírez sintiera una extraña sensación en el estómago, síntoma de que algo no iba bien.
El extraño visitante no volvió a verse por allí transcurrida una semana y fue en ese momento cuando Ramírez decidió visitar de nuevo a Abdul.
Cuando entró Abdul le retiró la mirada al saludarle y respondió a las afables preguntas con evasivas. Sobre la visita de aquel día solo dijo que era un paisano suyo en viaje que había parado para hacer una llamada.
El Guardia redactó un informe que envió a la Comandancia pero, como casi siempre, no supo nada de la utilidad o no del mismo.
Transcurrieron los meses y un día, mientras patrullaba con Antúnez, a pié por las calles del pueblo observó al argelino venir por la acera de enfrente.
Estaba mucho más delgado, lo cual podía ser síntoma de que ayunaba por encima del mínimo exigible por la religión; su mujer ya no iba de su mano sino que caminaba varios pasos por detrás y la misma parecía envejecida y triste, muy triste.
Ramírez no tenía dudas, la poca formación en la materia que le habían proporcionado más lo que él mismo había leído por esos mundos de internet, le llevaban a la conclusión de que Abdul se estaba radicalizando en sus posturas, al menos en lo religioso.
Eran las dos de la mañana de un viernes cuando recibió en su móvil una llamada. Era Brian, el irlandés de la taberna que, en voz baja, le decía que en el bar estaba Abdul, completamente borracho, incomodando a la clientela diciendo cosas muy extrañas.
Saltó de la cama como un rayo vistiéndose precipitadamente mientras llamaba a Antúnez para que bajara con urgencia. Salió a la calle y, en la puerta, estaba Antúnez bostezando. "¿Qué pasa, Cabo?". "De momento solo un borracho, Antúnez, de momento".
Cuando entraron al bar Abdul se levantó de la banqueta y puso sus manos en la nuca. "Me rindo, Jefe, me rindo, no tengo nada Jefe, no he hecho nada, sólo emborracharme, un pecado pero aquí no es delito, ¿verdad?".
Antúnez quedó estupefacto cuando vio a su cabo, desencajado, sacar en volandas al "morito" del local. A unos metros de la puerta apoyó la espalda de Abdul contra la pared zarandeándolo y preguntándole a gritos "¿En qué coño andas metido Abdul?, no me jodas que a mí no me la das, ¿en qué coño andas metido?".
El magrebí, como recuperado del "pedal", le miró serenamente y casi sonriendo le contestó:
- "Tengo mis derechos, Cabo, y yo no he hecho nada, nada."
- El problema es lo que coño vayas a hacer, Abdul, lo que vayas a hacer.
- ¿Me suelta para que vuelva a mi casa?. Usted es buena gente y no quisiera denunciarle por abusos racistas. Me jodería, Ramírez, tener que hacerlo.
Ramírez le soltó reprimiéndose y Abdul comenzó a andar hacia su casa diciendo "Con nuestra fe y sus leyes... ja, ja, ja".
Antúnez, mientras acompañaba al Cabo hasta el cuartel, aún desconcertado por lo sucedido, de lo cual no entendía nada, preguntó: "Pero los musulmanes ¿no pueden beber, no?".
- Si, si son "soldados de Alá".
- No me joda, Ramírez...
El Cabo lo miró con una expresión conocida que a Antúnez le revelaba que estaba equivocado.
- Hasta mañana Antúnez.
Al día siguiente el locutorio amaneció cerrado. Nunca más se supo de Abdul, Djamila y las niñas en el pueblo y el resto del colectivo de magrebíes ignoraba, unos más que otros, el paradero de sus antiguos vecinos. Ramírez redactó un informe extenso con lo ocurrido y lo envió con premura a la Comandancia.
A las pocas semanas el Cabo recibió una llamada del Teniente Grijalbo, jefe suyo en "el Norte" y que ahora llevaba el grupo de información de la demarcación. A parte de saludarle efusivamente, como siempre, le felicitaba por la información facilitada en sus informes, a través de la cual se había llegado a la detención de una célula islamista en Barcelona. Entre los detenidos no se encontraba Abdul.
Abdul había salido del país y cierto día, en una calle de Basora, se metió gateando bajo un tanque estadounidense y se inmoló llevándose por delante a tres marines.
A Ramírez solo le quedaba un recuerdo. La mirada de Djamila.


CRÓNICAS RURALES.- El disputado voto del indeciso.

Ramírez y Antúnez se encontraban, francos de servicio, por supuesto, en el Bar del Irlandés. Este bar era de un tal Brian, un estudiante de arquitectura que vino a España con una beca Erasmus, la cual le sirvió para comprobar que le gustaba más el casticismo y la buena vida que dibujar edificios y calcular estructuras. Así que, en una de sus escapadas de exploración ibérica descubrió el pueblo al que me refiero en estas Crónicas y de cuyo nombre no quiero acordarme. Algo encontró en aquel remoto lugar de la España profunda que lo encandiló y decidió invertir sus ahorros en aquella cervecería que daba la oportunidad a los lugareños de conocer otras cervezas aparte de la nacional rubia de caña y cinco estrellas.
Le gustó el pueblo y le gustó Maruja, una de las mejores mozas de la comarca, con la que empezó un idilio sorteando las dificultades de una sociedad algo cerrada y un padre algo animal. Y es que a Crisanto, el policía municipal, el único que había, eso de que a su "tesoro" se la trajinara aquel pelirrojo con acento raro no le convencía lo más mínimo pero, no llegando la sangre al río, acabó dando su brazo a torcer, como no podía ser de otra forma.
Era un sitio tranquilo, donde se juntaba gente de todas las edades y con una ventaja sobre los otros establecimientos del ramo, aquello era como una isla de libertad ajena a los rumores y al catetismo plomizo de tan pequeña localidad.
Allí iban de vez en cuando nuestros dos acharolados amigos cuando les apetecía salir de la rutina diaria y olvidar uniformes y jerarquías, dándose a la bebida pausada y de grata conversación, sin excesos ni cantos regionales de por medio.
En esas estaban, los dos solos en la barra, en una charla intranscendental por completo, con el dueño del local, que solía, cuando no había mucho trajín, departir con aquellos dos hombres con los que, inexplicablemente, simpatizó desde un principio, a pesar de los prejuicios que tenía sobre toda fuerza policial y lo que había oído y leído de la historia del hispano cuerpo al que pertenecían.
Antúnez apuró su chupito de bourbon y dio un sorbo a la botella de cerveza doble malta antes de mirar a sus dos contertulios y plantear una pregunta completamente ajena a la conversación en la que estaban inmersos.
- ¿A quién cojones pensáis votar en estas elecciones?.
Ramírez y Brian se miraron con gesto resignado, estaba claro, el alcohol comenzaba a hacer el efecto acostumbrado en Antúnez, se ponía profundo y eso, llegado un punto, podía ser terrible.
- ¿Y a ti qué mas te da lo que votemos los demás, compañero?.- Le dijo su superior, aunque, en esos ratos de asueto dejaban como ya he dicho las jerarquías y volvían a ser los viejos amigos de siempre.
- No, si a mí me la trae bien floja, lo que ocurre es que igual me ilumináis y me dais una idea que me saque de la desorientación en la que me encuentro sumido.
- ¿No has sido siempre de derechas?, pues sigue en tu línea.
- Es cierto, siempre he sido de derechas pero la verdad es que no sé muy bien por qué. Soy un humilde currante y, en mis labores, lo que siempre ha hecho la derecha es utilizarme en su beneficio disfrazándolo con elogios y mucha fanfarria. "Somos gente de orden" suelen decir los muy cabrones, conociendo como conocemos el percal, Ramírez, ¿o no tengo razón?. Además, con la que está cayendo ahora, que nos están criminalizando e incluyendo en la trama negra esa que se han "inventao" ellos, y los periodistas esos rabiosos, Si es que, tras cuarenta años mandando, cuando les arrebatan el chiringuito, se ponen muy "cabreaos". Que España es un cortijo "pa" ellos.
- Pues vota otra opción.
- Ya, a la izquierda. Pues vamos a hacer unos panes con unas hostias. Éstos que se dicen de izquierdas nunca nos han querido, Ramírez, que usted y yo hemos vivido lo nuestro. Que ven el tricornio y se acuerdan de Franco, como si los tricornios los hubiera "inventao" Franco y no el Duque de Ahumada. Además, nosotros dos, como la mayoría, qué sabremos de Franco si cuando palmó estábamos en pantalón corto y nos vino de perlas el luto nacional "pa" no ir a la escuela. Ahora bien, estos "progres", en cuanto tienen algo de mando, coño, como que les venimos de perlas para sus intereses y bien que les gusta el taconazo y el saludito militar, como se crecen y pavonean pasando revista. El mismo perro con distinto collar, amigos míos, que este país es así Brian, que no sé como funcionará allá en tus verdes praderas, pero aquí lo que importa es coger poltrona y joderse los unos a los otros, y a los ciudadanos, una vez que te han "sacao" el voto, a joderlos más si cabe.
- Alguien honrado habrá, digo yo.- Dijo Brian arqueando las cejas al volver la mirada a Ramírez.
- Seguro que sí, hombre, - Siguió Antúnez dando otro sorbo a la cerveza.- Seguro que hay gente honrada, lo que pasa, mi pelirrojo amigo, es que vivimos una democracia formal, donde lo que manda es el "aparato" más que los individuos y todo se basa en la patraña o en las medias verdades, en la propaganda más que la información y toda la puta política es un estudio de mercado para venderte la moto, que luego se gripa en el primer viaje, y de contenidos y soluciones "na de na", Brian, por cierto, ¿Has visto "La vida de Brian"?.
- Vete a tomar por culo, Antúnez, que siempre estás con la misma canción, cabronazo.
- Bueno, Ramírez, mi queridísimo Cabo, oriéntame, colega, oriéntame, que tú estás más "preparao".
- La verdad, Antúnez, es que andas bastante "orientao", a pesar de las cervezas y el bourbon. Como decía Echanove en "Turno de Oficio", tienes un "pedete" lúcido, compañero.
- ¿Te acuerdas, querido amigo, y sin embargo compañero, de nuestras hazañas por el Pirineo navarro?.
- Brian, pon otra ronda que ésto va a peor.
- ¿Estás seguro?.
- Sí, hazme caso, que seguro que cambia de tema.
- Oye, Brian, ¿no te han dicho que debes mirar "el lado bueno de la vida"?
- Vete a la mierda Antúnez.
Al día siguiente, tras un par de pastillas efervescentes, Ramírez volvió a escribir.

CRÓNICAS RURALES.- Ópera maldita.

No era un buen día para el Cabo. No había razón para que no lo fuera pero tampoco para "tirar cohetes". Andaba marchito sin saber por qué. Había leído la prensa a primera hora y, como casi siempre, volvió a hastiarle el contenido. No tenía nada que le urgiera a hacer algo y metió en el perezoso ordenador un disco de arias de La Callas incrustándose los auriculares para aislarse y no compartir, con el resto de la casa cuartel,.los sublimes gorgoritos de la malograda diosa. No era un entendido pero se orientaba por sensaciones y aquella voz le embriagaba sin reparar en detalles técnicos o artísticos que prefería dejar para los eruditos. Él era un modesto agente de un cuerpo de seguridad y, aunque comandante de puesto, no se creyó nunca el centro del Universo, por lo que consumía lo que le reconfortaba aunque se esforzaba medianamente en buscar un mínimo de calidad en sus deleites culturales. Comenzaron a sonar las notas de un aria, un aria conocida. No voy a especificar cual para que ustedes, queridos lectores, elijan la que más les motive. Lo que si precisaré es que era un aria triste, muy triste. Tras los acordes previos comenzó a manar la voz de "La Divina" y Ramírez, con los ojos cerrados, comenzó a recordar... Poco a poco le empezaron a llegar imágenes grises, de tiempos grises en una ciudad gris. Volvieron a aparecer ante él los absurdos ataúdes, absurdos e ilógicos engalanados de bandera y tricornio, conteniendo juventud cercenada por amonal o cuerpos con cráneos perforados por nueve milímetros de cobardía. Las notas de la orquesta comenzaron a mezclarse con las de otros himnos casi memorizados por repetidos y la voz de la soprano ocupaba la garganta de otras mujeres. Mujeres desgarradas y descarnadas por el dolor eterno de madre amputada y de joven esposa vaciada. Mujeres que entonces vió silenciosas, anestesiadas, y ahora, en su delirio operístico, hacían el "play-back" de la pieza que su mente absorvía a través de los auriculares. Los escasos acompañantes acompasaban el coro de aquella canción transformada en el delirio melancólico que, aquel día, había embargado a nuestro protagonista. Manaban en cascada lágrimas ahora no retenidas cuando, al entreabrir los ojos desbordados creyó adivinar una figura borrosa en la puerta abierta. Rápidamente se arrancó los artilugios de sus orejas y con un rápido movimiento de manos borró las lágrimas de su rostro viendo, ahora si, a Antúnez en la puerta.
- ¿Le pasa algo Cabo?.
- Nada, Antúnez, muchas gracias, la primavera Antúnez, la primavera y esta puñetera alergia que me tiene frito. Puede retirarse muchas gracias.
- Ya, Cabo, ya, la primavera. Si necesita algo llámeme, puedo ir a la farmacia a ver si tienen algo para esa alergia tan mala que tanto le ataca últimamente.
- No te preocupes, compañero, ésto viene y vá, yá sabes.
- Si, Cabo, si, ya sé.
El guardia cerró la puerta y, tras sonreir levemente, con cierta ternura, el benemérito Cabo no tuvo más remedio que abrir su blog.

DIÁLOGO

- Buenos días. - Hombre, buenos, buenos... creo que es mucho decir. - No es por decir. No es literal, es un deseo mío para usted, si quiere podría decirle "que tenga un buen día" o algo así, pero prefiero el clásico "Buenos días", por educación más que nada. - Si es por educación muy buenos días, faltaría más. Bien, dígame ¿qué desea?. - No me diga que es usted un genio de esos de lámpara y que cumplirá tres deseos que formule, así, de gratis. - No, por favor, le pregunto qué desea usted de mí ahora mismo, en el contexto actual, en el ejercicio de mis funciones, pues para algo habrá venido, ¿no?. - Ah, si claro, mire usted... - Qué quiere que mire. - ... nada, nada... que le decía yo que venía a entregarme. - ¿A entregarse?. Pues a estas horas de la mañana, qué quiere que le diga, me coge usted un poco inapetente. Como que no tengo cuerpo de jota en este preciso instante. Además, lo siento mucho pero mi heterosexualidad es incurable y los señores con bigote como que no me ponen. Nadie es perfecto. - A mí, la verdad sea dicha, tampoco me entusiasma la idea pues no está hecho usted un efebo precisamente, yo venía a entregarme a la Justicia. - Oiga, un respeto a la Justicia. Buenos están los tiempos para encima pretender joderla aún más. - No, perdone que no me explique correctamente, venía a que me encarcelen por mis crímenes. Soy un asesino. - Asesino profesional, ocasional, aficionado, a sueldo, autónomo, concrete si es tan amable. - No seré yo quien alardee de mi valía para el oficio pero puedo asegurarle que tengo en mi extenso currículum más de cien muertes. Eso sí todas ellas instantáneas y con el mínimo dolor posible. - Bien, eso es un punto a su favor, pero necesito más concrección. ¿Sus víctimas merecían morir?. - Eso son valoraciones éticas en las que, dada mi condición de matarife, usted comprenderá que no entre. Yo le relato los hechos tal y como ocurrieron y usted valore en consecuencia. - ¿Había una motivación política aunque fuera un trasfondo?. Eso, en estos tiempos convulsos, se valora notablemente. No es lo mismo matar por matar que matar por liberar. - Hombre, supongo que algún viudo o viuda pudiera sentirse liberado, una vez superado el "shock" inicial, claro, pero no podría asegurarle que fuera la generalidad. - Ya le entiendo. ¿Había móvil económico en sus supuestos asesinatos?. - De supuestos nada, caballero, asesinatos con todas las letras y las circunstancias calificatorias del tipo delictivo. Si bien vivo de ello, le diré que no me enriquezco. Me da para vivir con cierta holgura y para alguna holganza, para qué le voy a mentir. - No me mienta que está muy feo. - ¿Mentir? - No, usted cuando miente, se le pone cara de pasa. Se le nota enseguida. A mi no se me escapa nada que para eso soy un profesional. - Del ramo. - Del ramo y del manojo, buen hombre. - Bueno, en definitiva, ¿me detiene de una vez?. - Pero, ¿usted quiere que le detenga?. - Hombre, la verdad es que me viene un poco mal en estos instantes, pero alguna vez tendrá que ser. No se puede estar toda una vida matando por ahí, alegremente y sin que nadie te pare los pies. No es decente, digo yo. - Le entiendo, en el fondo le entiendo, pero esto lleva su trámite, sus requisitos, en fin, que además ha venido usted en el peor momento. Pero bueno, me ha caído usted bien así que, coja número y espere a que le llamen.

CRÓNICAS RURALES.- DE "MORITOS" Y CAMISETAS

- ¿Da su permiso, Cabo?
- Pasa, Antúnez, pasa y siéntate.
- Usted dirá.
- A ver, Antúnez, la otra noche hicísteis algún control nocturno de carretera, como casi todas las semanas.
- Sí, claro.
- ¿Parásteis algún vehículo?.
- Solo uno, Cabo, solo uno.
- ¿Y?
- Pues nada, un ciudadano de esos del Magreb.
- ¿Estaba legal?
- Qué va.
- ¿Revisásteis el maletero?
- Un poco por encima, por hacer el paripé, ya sabe, además se nos estaba poniendo un poco flamenco.
- ¿Qué visteis en el maletero?
- Una maleta y unas camisetas de marca.
- ¿Y las camisetas no os hicieron dudar de su procedencia?
- Estaba claro que estaban "mangás" de alguna tienda, llevaba los "chivatos" magnéticos puestos.
- Antúnez, nos conocemos hace mucho tiempo, vamos a ver, explícame como coño no lo detuvísteis o lo trajísteis al cuartelillo para su plena identificación.
- ¿Por dos camisetas de mierda?, sería una falta y tardaríamos más en hacer el papeleo que en que se fuera de rositas riéndose de nosotros. Además, Cabo, le voy a decir una cosa, con el debido respeto, está claro que era, cuando menos, un chorizo redomado, extranjero ilegal, "moro" para más señas aunque no esté bien decirlo, sólo por pararlo nos llamó racistas y nos amenazó con denunciarnos por xenófobos. Si intentamos traerlo al cuartelillo por esa chorrada seguro que se nos hubiera puesto "gallito" y hubiera acabado todo como el Rosario de la Aurora, con abogado de O.N.G. por medio, en un banquillo de "acusao" sólo por cumplir con mi deber, y, qué quiere que le diga, Cabo, me queda poco "pa" jubilarme y no me apetece que un hijo puta me cueste la expulsión y que mi "Santa" y los "churumbeles" queden sin la porquería de pensión que nos queda. Si quiere puede usted arrestarme por negligencia o desidia o lo que coño sea, pero la pensión no me la quita ni Dios, y menos un chorizo de "chichinabo". Que era más malo de lo que parecía, ¡ahhhh!, se siente. De un tiempo a esta parte no traigo al cuartelillo más que al que pille con un cuchillo "ensangrentao" y la cabeza de una vieja bajo el sobaco.
- Antúnez, compañero, como se puede ser tan animal.
- Es mi carácter Cabo, ya me conoce, mi carácter y las "cornás" que da la vida. Que usted y yo tenemos yá muchos tiros "pegaos" y aquí estamos, sin un reconocimiento, ni una "palmá" en la espalda ni "ná de ná".
- ¿Y no sabes, amigo Antúnez, que a raíz de tu "magnífica" actuación de la otra noche no dejamos de salir en las portadas de los periódicos y en las columnas de opinión?.
- Mejor que nos tomen por jilipollas, Cabo, que por maltratadores racistas, que con ésto último acabamos entre rejas por aquello de la "alarma social" y la "ejemplariedad". Que usen a otros de ejemplo, Cabo, que me da igual que escriban que somos "una pieza más en el turbio engranaje de la conspiración", si dicen que "dizan", como decía el otro. Bueno Cabo, ¿ordena alguna cosa más?.
- No Antúnez, puedes retirarte, ya hablaremos más adelante que seguro que algo de cola trae todo esto.
Una vez solo, Ramírez se quedó absorto, mirando por la ventana la vió a ella, radiante como siempre mientras cruzaba la plaza. Aquella visión le hizo olvidar por completo todas las preocupaciones relacionadas con la conversación anterior y comenzó a evadirse en otros pensamientos, recuerdos y sensaciones que acabaron por ruborizarle. "Qué compleja es la mente humana", pensó, y decidió abrir su blog y publicar una entrada al respecto.

CRÓNICAS RURALES.- De cortes de cinta.

Alcalde: - Hoy es un gran día para el Pueblo. Como Alcalde vuestro que soy así lo pienso y así lo digo y todos sabéis, los que me conocéis, y todos me conocéis, que siempre digo lo que pienso. Este complejo turístico que hoy inauguramos, una iniciativa privada pero con importante colaboración pública, atraerá al pueblo a cientos de nuevos turistas que aportarán a toda la comunidad una nueva fuente de ingresos y supondrá una reactivación del comercio y la economía local. Esta zona, sin perder su carácter rural, se convertirá en referente de la modernidad y la hostelería de calidad suponiendo, a partir de hoy, una atractiva oferta para el turista urbanita que en sus vacaciones huye del bullicio buscando la paz y la tranquilidad que aquí podemos ofrecerles... Senén: - ¡Y un huevo!. Cabo Ramírez: - Coño, Senén, no sé por qué pero en cuanto te ví por aquí ya me imaginé que la armarías. Senén: - No me joda, Cabo, que yo no estoy armando "na". Que usted como yo sabe perfectamente que esto es un chanchullo y una alcaldada para que se forre, a costa de los demás, quien todos sabemos. Ramírez: - Si seguramente tengas razón pero no es momento de dar un escándalo, hombre, hazlo por mi. Alcalde: -... Pero todos sabemos que a estos proyectos, como a otros, como a todo lo que suponga progreso y bienestar, habrá gente que se oponga, y serán los de siempre. Los inmovilistas que prefieren seguir en el atraso, en las ideas antiguas y caducas, y que harán lo que sea para ganar las próximas elecciones, aún a costa del subdesarrollo de sus conciudadanos. Senén: -Y una mierda... Ramírez: - Joder, Senén, estás "empecinao". Alcalde: - ... Son los enemigos de la libertad, los que todos sabemos, los que se oponen a estas mejoras... Senén: - Dí por qué negaste la subvención a la cooperativa conservera y diste los fondos europeos esos p'hacer el hotelito de tu primo, que le ha salío de gratis y se va a forrar. Dílo, hombre, alcalde nuestro que eres, que encima querrás que te votemos, porque por eso inauguras ahora, pa consumar el latrocinio y encima hacerte propaganda. Sinvergüenza, chorizo... - En voz baja, dirigiéndose al Cabo - Ahora me pue usté llevar al cuartelillo, que me he desahogao de momento... Ramírez: - Vamos a tomar un café, Senén, y déjalos aquí con el boato. Alcalde: -... Después de esta muestra de intolerancia que tan eficazmente han abortado nuestras Fuerzas de Seguridad, continuaré diciendoos que gracias a estas instalaciones...

CRÓNICAS RURALES.- EL CAPITAL

- Buenos días Higinio.
- Buenos días, Cabo, como usted por aquí.
- Dando una patrulla por el "extrarradio".
- Muy bien hombre, muy bien. Yo ya ve, aquí, atendiendo al "ganao", como siempre, que algunos nacimos "pa" trabajar "na más" y así palmaremos, trabajando como burros.
- Bueno Higinio, no te quejes que la vida no te ha tratado demasiado mal. Tienes tus tierras, tu ganado, que algo te habrán dado.
- Sí me han dado Ramírez, sí me han dado, para qué lo voy a negar, pero lo empleé todo en el hijo y en trabajar más cada vez. ¿Cree usted que esto es vivir?.
- Leches, Higinio, que hay gente que está peor hombre...
- Eso es verdad pero, ¿sabe usted cuanta gente hay forrada sin dar un palo al agua?
- Es verdad, el sistema es así. Pero bueno usted pudo darle a Andresín unos estudios y ahora es un hombre de provecho en la capital, ¿no?.
- Todo mi esfuerzo estuvo empeñado en ello. Pero no sé yo si mereció la pena.
- Pero hombre, Higinio ¿Como dice usted eso?. Su hijo hizo una carrera que muy pocos pueden sacar con el aprovechamiento que obtuvo él. Además, ahí lo tiene, con un alto cargo en una multinacional y cada vez que puede viene a verles.
- Sí Ramírez, sí, si yo no tengo queja de mi hijo, si todo lo que pude darle lo aprovechó con esfuerzo y sacrificio y ahí están los resultados pero yo, más de una vez, me pregunto si no hubiera sido mejor que hubiera quedado aquí, trabajando como la gente honrada, ganándose el pan como Dios manda.
- ¿Pero acaso no se gana el pan de una forma honrada?. Bueno, algo más que el pan.
- La verdad es que, parece que lo que hace es todo legal. Vamos, que mi hijo no es un delincuente pero que sea honrado hacer lo que hace él y otros como él, tengo mis dudas, Ramírez, tengo mis dudas.
- No acabo de entenderle.
- Mire usted, sin ir más lejos, la última vez que estuvo aquí ni pasó por la finca. No se despegaba de un aparato de esos que ahora quiere tener "tol" mundo. Un ordenador de esos que se llevan en el maletín. Con el chisme ese se conectaba a eso de la Internete y, cuando le preguntabas, decía que estaba trabajando. Sí, trabajando desde la cocina de mi casa, no me dirá usted que eso es "mu" normal, pues bien, un día que estaba "enchufao" a la pantalla comenzó a dar saltos y gritos como si hubiera "marcao" un gol el Madrid, que con los tiempos que corren es bastante. Cuando le pregunté qué le pasaba me dijo que acababa de ganar diez millones, así, sin anestesia ni nada, diez millones de Euros, Cabo, no de pesetas, de Euros, y tocando las teclas del artilugio ese y sin soltar una gota sudor. Eso no me parece "mu" normal, Ramírez, mire usted, él lo justifica diciendo que acababa de cerrar una "operación", como si fuera cirujano en vez de economista, una operación en la que el dinero cambia de manos en cuestión de segundos, y con la que se acaban de cambiar de dueño varias empresas importantes con todos sus terrenos, sus edificios y sus obreros. Luego, miro el telediario y veo que una de las ventas de Andresín ha acabado en cierre de fábricas y despidos masivos. Gente que trabajaba honradamente se ha visto en la calle porque, entre otros, mi hijo, ha tocado no sé que teclas en el ordenador cerrando una operación. No me joda Ramirez, eso no puede ser de ley, que yo lo que tengo lo he "comprao" con el fruto de mi trabajo, y pago los impuestos como el primero, que nunca dí motivos a Hacienda para una inspección, que si he tenido subvención ha sido por no ser más imbécil que los demás que también chuparon del bote. Pero yo me levanto a las seis de la mañana y no paro hasta la "oscurecía", y así tengo los huesos, y el cabrón de mi niño ni se inmuta mientras participa desde mi propia casa en una "OPA" de esas que tanto hablan en la "tele", forrándose él y otros como él, sin doblar el lomo un ápice, Ramírez, que esto va a ser cosa del Demonio.
- Puede que tenga usted Razón, Higinio, va a ser cosa del Demonio. Pero en este sistema estamos y parece que va a más. Esto es lo que se llama "Capitalismo".
- Pues me cago yo en el Capitalismo, Cabo, me cago en el Capitalismo y en "to lo que se menea".
Ya de noche, frente a la pantalla de su ordenador, Ramírez recordaba la conversación con Higinio y le vino un ápice de inspiración para su blog.

CRÓNICAS RURALES.- EL CRÍMEN DEL "REGRESADO"

Cuando lo vió en la puerta de su despacho, el Cabo Ramírez no daba crédito a sus ojos. Allí estaba, con la expresión ausente de siempre, Froilán “El Regresado”, con su raída gabardina gris, abundantemente salpicada de sangre. Llevaba en la mano un cuchillo de monte de treinta centímetros de hoja que, una vez cruzó la mirada con el agente, dio la vuelta empuñándolo por el acero y encarando la empuñadura de cuerna de ciervo hacia su interlocutor y tras apoyarla en el antebrazo izquierdo, con un gesto clásico de otras épocas dijo con voz serena y una leve y cortés inclinación de cabeza: “Me rindo y vengo a entregarme”. Aquellas eran las primeras palabras que nadie había oído, en muchos años, de boca de aquel hombre.

Aquél pueblo nunca tuvo “tonto” oficial. No se conoció, en lo que alcanzaba la memoria de los más ancianos, a nadie que respondiera al estereotipo de “tonto del pueblo”, ni a persona con la mínima deficiencia mental. Aquel pueblo tenía a Froilán, el cual, si bien tenía un comportamiento fuera de lo común, siempre fue respetado y querido y nunca nadie tuvo la osadía de considerarle “loco” o “tonto”.

Cuentan que, muy joven, a falta de trabajo y posibilidades económicas de sus padres para darle carrera, marchó de casa un buen día y se presentó a una oposición no se sabe concretamente cual, pero sí que era para una fuerza de seguridad. Tras aprobarla y pasar la correspondiente academia, parece ser que marchó voluntario al País Vasco en unos tiempos turbulentos en los que, casi a diario, se conocía la noticia de alguna muerte violenta.

Nadie, salvo tres o cuatro personalidades del lugar, entre las que se encontraba Ramírez, supo nunca qué le ocurrió concretamente durante su ausencia, el caso es que, cuando volvió a casa, ya no era el mismo.

Silencioso e impasible, salía de su casa bien de mañana, con la gabardina de siempre, hiciera frío o calor. Cuando se cruzaba con sus paisanos, éstos, le saludaban afectuosamente y él correspondía con una leve sonrisa de su casi impenetrable mirada. Se pasaba el día recorriendo el pueblo y sus inmediaciones a pié, en actitud vigilante. Cuando llegaba algún forastero, éste era sometido, sin percatarse en lo más mínimo, a un meticuloso y discreto seguimiento. El Cabo Ramírez, muchas veces lo observaba desde la ventana de su despacho hacer sus labores de contravigilancia y notaba como, sin cambiar el gesto, iba revisando con la mirada todos los bajos de los vehículos de la acera de enfrente. Cuando alguien sospechoso o de poco fiar aparecía por el pueblo, Ramírez solía enterarse primero por una pequeña nota que aparecía bajo la persiana de la ventana de su oficina con una precisa descripción física, hora de llegada, lugares frecuentados, modelo, color y matrícula de vehículo, etc. Froilán siempre acertaba, si el reseñado en sus misivas no traía malas intenciones, solía siempre contar con algún historial policial.

En otras ocasiones, a Ramírez le invadía la ternura cuando comprobaba como su colaborador interrumpía sus secretas labores cuando aparecía Rosita. Rosita era sin duda la mejor moza de la comarca, pero también la más desgraciada pues acabó casada con “El Zamarrón”. Este elemento se había hecho a sí mismo trabajando primero como albañil en el extranjero y, con lo ahorrado en esos años, montando una constructora que, no se sabe muy bien con qué artes, tenía la exclusividad en la mayoría de obras públicas y viviendas protegidas de la provincia. Era un individuo tosco, prepotente, populachero y fascista, y además con muy mala bebida. Todo el pueblo sospechaba que el animal no trataba muy bien a Rosita, pero nunca se pudo demostrar nada y muy pocos osaban siquiera plantearlo. Ramírez intentó, sin éxito, sonsacarla en alguna ocasión para ver si era cierto que aquel energúmeno le pegaba. No había nada que hacer y el Cabo se sentía impotente pues, además, hacía tiempo que ansiaba pillar al “Zamarrón” en algún renuncio, habiendo ya mandado diversos informes a la Comandancia y a Delincuencia Económica pues todo el mundo sabía que la fortuna de aquella bestia no había pasado la colada.

Era evidente que Froilán amaba a aquella mujer. Todas las noches Rosita, tras la cena, encontraba en la ventana una pequeña hoja de papel cuadriculado con unos versos que solía memorizar antes de hacerla desaparecer.

Que mi alma huída

te acune en tus sueños,

ahuyentando miedos,

insuflando vida

y colores nuevos

a tu mar dormida.”

Aquellas rimas eran lo único que sacaban, tanto a Froilán, el autor, como a Rosita, de la rutina diaria impuesta, a uno por su trastorno, y a la otra por su dramática cotidianeidad.

Aquella madrugada “El Regresado” se disponía a dejar sus versos en la ventana de Rosita cuando escuchó los gritos del marido que, al parecer, debía de haber regresado borracho al domicilio.

- ¿Tu te crees que esto es cena para un trabajador?.

- Si hubieras venido a una hora normal no estaría fría.

- Mira, niña, no me contestes que estoy empezando a cabrearme y sabes lo que puede pasarte cuando yo me cabreo. Que, últimamente estás muy crecidita, mosquita muerta, que si no fuera por mí estarías por ahí tirada tú y toda tu familia de muertos de hambre.

- Muertos de hambre pero honrados…

- Rosita no me tientes que te estampo la cabeza contra la pared.

- Ya estoy harta Antonio. Como se te ocurra acercarte te denuncio a la Guardia Civil. No pienso aguantar ni una sola bofetada más. Además, creo que ya es hora de que nos divorciemos, yo no puedo seguir así…

- Con que esas tenemos, hija de puta. No te preocupes que no vas a tener que divorciarte, te lo voy a solucionar yo ahora mismo.- Dijo dirigiéndose a la vitrina en la que guardaba las escopetas, completamente desencajado y con los ojos inyectados en sangre.

En ese momento, un estruendo de cristales inundó aquel salón cuando Froilán atravesaba la ventana protegiéndose la cara embozado en la gabardina de la que, una vez aterrizó en el parqué, sacó el machete montero y con un rápido y certero giro de muñeca seccionó la yugular del “Zamarrón”. Éste, mientras su cuello regaba de sangre, con intermitentes aspersiones, toda la sala y sus ocupantes, emitía una especie de alarido similar a los gruñidos del cerdo en San Martín, cayendo al suelo tras varios giros en círculo y, entre estertores y ronquidos inhumanos, fue apagándose sobre la alfombra, con los ojos abiertos y chapoteando en un creciente charco rojo.

Froilán, con el machete oculto por su antebrazo, miró a Rosita con una leve y tierna sonrisa de ojos y salió por donde había entrado. Antes de dirigirse al Cuartelillo tuvo tiempo de redactar la última nota que dejó en el lugar habitual.

Pasados unos días, cuando el pueblo se estaba intentando recuperar de la conmoción y de la invasión de periodistas, Rosita se dispuso a recoger sus cosas de la casa solariega que el difunto había convertido en una especie de museo de los horrores. Algo le dijo que debía volver a la ventana de los poéticos mensajes y así lo hizo. Allí estaba el pequeño papel cuadriculado pero, esta vez, ligeramente manchado de sangre, como una firma sagrada.

“Ahora liviana vuela

que será tu vuelo

el que engalane el cielo

de mi escondida celda”

Nadie más supo en el pueblo de Rosita. Ni de Froilán y su cautiverio terapéutico, salvo Ramírez que, cuando se asomaba a la ventana, sonreía con los ojos encharcados, buscando sospechosos.