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NUESTRAS VIDAS SON LOS RÍOS...

El río siempre ha sido metáfora de la vida, del recorrido finito de la existencia. El río, como agua que es, es vida desde que nace. Crece como un ser vivo en su trayecto alimentándose de lluvias, torrentes y deshielos. Y muere, muere en la muerte salada donde abandona su dulce existencia, perdiéndose entre espumas, olas y mareas.

El río Sella, en esta Asturias que me acoge adoptiva y adoptada, es emblemático en los veranos de estos lares. El Descenso del Sella, competición deportiva referencial en lo que a la navegación fluvial se refiere, tiene otras connotaciones que superan el evento. Es más fiesta que mitin y las secuelas de las hordas de visitantes se dejan ver por “praos”, calles y cualquier sitio que pueda usarse como solar de acampada, litrona y comilona apresurada de “bollu preñau”. La invasión es devastadora, salvo por los réditos en negocios hosteleros, sobre todo de dispensa de alcoholes.

Al día siguiente del acontecimiento, invitados por unos amigos, a veces la amistad puede ser cruel, tuvimos la genial idea de practicar una actividad turística “de aventura”, muy de moda como alternativa al bronceado en arenales playeros, consistente en hacer el descenso pero a nivel “amateur”, con canoas “amateur” y remos “amateur”.

Si la prueba tiene su dificultad, sobre todo para el lego en la cosa del remo y la piragua, la misma se acentúa si la embarcación debe de constar de tres plazas, de matrimonio con niña. Aumenta el tamaño de la nave y, por consiguiente, el peso y la dificultad de maniobrabilidad. Ahí estábamos los dos remando para tirar de nuestros cuerpos, de la nave que los acoge y de la pequeña carga que un día germinamos para sacarla adelante hasta que pueda navegar sola.

Si el río tiene paralelismo con la existencia, ésta, a juzgar por lo acontecido, es de lo más tortuosa y accidentada, con eternas paradas, cambios de dirección, trompos entre corrientes, inciertas derivas, precipitaciones, errores, fallos de comunicación y múltiples conflictos y dudas en lo que a rumbo a tomar se refiere. A uno, en el río como en la vida, le empuja la corriente pero, a pesar de las fuerzas naturales, uno tiene capacidad para cambiar el curso de su historia. Eso sí, la existencia, digo, el descenso, fue largo, como una vida larga e intensa, quizá hasta duplicado por los zig-zags provocados por la inexperiencia, y al final del trayecto del metafórico vivir se llega agotado, envejecido, casi incapaz de tirar del lastre de la nave para llevarla a buen puerto, con los huesos y articulaciones inutilizados por esfuerzo y humedad y, si llegara a existir la reencarnación, con mucha pereza para repetir el ser o el estar, conformándose uno con haber superado la edad que le ha tocado. Con una vida, o un descenso, tiene uno más que de sobra, se lo aseguro. Si hubiera vida eterna habría que pensarse el saltar de la piragua.

El comienzo del río, como la juventud, es vivaracho, pequeño pero activo, con multitud de rápidos, estrechamientos y cambios de velocidad. El final, como la vejez, es tranquilo, remansado, precisándose el doble de esfuerzo, cuando uno está más cansado y dolorido, para avanzar hasta llegar al final

Si son ustedes de gimnasio diario, como es el caso de mi “gentil” amigo, les recomiendo la aventura, si no lo son, como es mi triste y patético caso, también se lo recomiendo, hasta el sufrimiento nos enseña cosas. O quizá no.

FÁBULA DEL ORGULLOSO GATO Y EL PERRO LEAL














El perro, un precioso boxer de mediana edad (para la edad de los perros, claro), dormitaba tumbado sobre la acera masajeado por un rayo de sol primaveral.
De pronto, su oreja izquierda se izó ligeramente y entreabió los ojos. Allí estaba, paseándose orgulloso, como siempre, a dos metros de él sin perder la innata elegancia aristocrática, el gato. Siempre hacía lo mismo y él, sabía que era inútil hacer nada, pero no lo podía remediar. No podía consentir tanta altanería y vanidad. Le gustara o no al minino él era el decano de la casa y merecía un respeto. Se levantó como un rayo y comenzó la persecución que acabó con el gato en el quicio de una ventana, inalcanzable para Boby, y éste abajo, gruñendo con la mirada fija en su eterno enemigo.
El gato, Sultán, permaneció unos segundos erizado y bufando, presto para uno de sus rápidos y contundentes ataques al hocico del cánido, pero ese día se relajó antes y se sentó tranquilamente mirando al perro.
- Es inútil este juego, perrito. Sabes que nunca me alcanzarás.
- Ya te pillaré algún día y... verás entonces, cuando te desguace con mi mandíbula y a cabezadas te rompa el espinazo, bastardo.
- Nunca harías eso... nunca lo has intentado siquiera... Eres plenamente consciente que, de consumar el crímen, el castigo del amo sería ejemplar. Y tú eres muy dócil como para disgustarle. Tu servilismo le puede a tu orgullo.
- Oye, finolis, no te equivoques conmigo que yo siempre he estado con el amo, mucho más tiempo que tú. Además, cuando el pasea o va a cazar va conmigo, me necesita mucho más que a tí. Yo le soy útil. Defiendo la casa y la hacienda mientras tú te dedicas a recorrer los sofás del salón.
- No entiendes nada animal. Yo no necesito que el amo me lleve a ningún sitio, ni necesito serle útil, sólo preciso mi comida y mi caja de arena. De vez en cuando, si me apetece algún mimo solo tengo que acercarme y ronronear un poco. Si no me apetece, le suelto un zarpazo de advertencia y me alejo. Tú, si se te ocurriera algún día morder la mano que te da de comer no quisiera imaginar las consecuencias que te traería. Por mucho que te castigue siempre vuelves dócil y humillado.
- ¡Eso es lealtad!
- ¿Lealtad?. Qué estupidez. Yo soy independiente, en realidad no tengo amo, yo lo acepté a él como mantenedor de mis necesidades. Él me tiene a mí.
Los gatos, amigo mío, tenemos una historia y un orgullo de reyes. Ya os gustaría a los perros aproximaros a nuestro abolengo. Yo sigo siendo un animal salvaje cuando me conviene. Cazo solo para mí, no para llevarle la pieza al amo.
Ya en tiempo de faraones los gatos fuimos considerados dioses. Ahí está el hecho diferencial. Hemos heredado unos derechos históricos que nos hacen gozar de un Estatuto de Autonomía privilegiado y tenemos con nuestro propietario una relación asimétrica con respecto a tí, que seguirás siendo un cero a la izquierda, conformándote con tu plato, tu colchoneta en el garaje y una caricia de vez en cuando... Oye, ¿quién es es humano que llama a la puerta?.
- ¿No lo conoces?... es el veterinario.
- ¿Y a qué viene?
- Creo que a recortar algún "artículo" de tu "estatuto" de dudosa constitucionalidad y en base al cual vas meando por todos los rincones de la casa. A partir de hoy ése va a ser tu "hecho diferencial".

¿ALGUIEN HA VISTO UN ROSTRO?

Aquella mañana, cuando sonó la alarma del móvil, que ahora los móviles sirven para todo, con aquel "sonitono" del gallo de corral, tan adecuado para vivir en una aldea asturiana, las ganas de levantarme eran las mismas que otros días, escasas.
Incorporé mi osamenta asistido por la oxidada grúa de la responsabilidad rutinaria del proletario y me puse mi mediocre, aunque térmica, bata de hombre mediocre. No, esta vez tampoco me confundí y no acabé travestido de esposa matinal. El bostezo reconfortante me dio los buenos días efusivamente dejándome un pitido de interferencia en mis oídos. Bajé las escarpadas escaleras hacia el aseo con rebote de articulaciones a cada escalón. El inodoro recibió resignado el tibio y tóxico riego de primera hora y me enfrenté decidido a los grifos del lavabo. Mezclé, aún casi a ciegas, ambas temperaturas pues no estaba el clima como para enfrentar la piel a la gélida y paralizante agua que salía de la llave azul. Tras aliviar de su pegajosa carga a ambos párpados, mientras alcanzaba la toalla, al encarar el espejo me di cuenta. No tenía rostro.
Seguro que, como otras veces, lo había dejado, bien doblado por lo general, en la silla que hacía las veces de "galán de noche", sobre el tejano y el polo. Subí a la habitación y busqué a tientas entre las prendas y nada. Habría caído debajo de la cama. Cuando despertara el resto del clan lo buscaría mas exhaustivamente.
Tomé el café, y consulté la prensa digital y los blogs habituales.
Despertó mi cónyuge y me saludó con un gesto de cabeza, poniendo de manifiesto que esa mañana tampoco era de las mejores para ella, mientras se dirigía en actitud sonámbula al baño.
Entré en la habitación, encendí la luz de la mesilla para no desvelar a la pequeña y comencé la búsqueda del contenedor de mis gestos. Nada, no aparecía. Llegué a casi desesperarme pero opté por resignarme. Podía haberlo dejado sobre el escritorio del trabajo. Es cierto que, aunque no lo parezca, uno se deja la cara más de una vez trabajando.
-¿Te pasa algo?
Dijo mi mujer cuando subió.
- A mi no, ¿por qué?.
- No sé, tienes mala cara. Te veo raro.
Mala cara, dice. Qué cojones, lo que no tengo es cara. Pero bueno, para qué alarmarla, o llevarle la contraria, que es peor.
- Me duele un poco la cabeza, el catarro que no acaba de irse.
- Toma un "Frenadol".
- Vaaale.
Al llegar a la oficina saludé. Nunca soy muy simpático por las mañanas, bueno, no suelo ser lo que se dice simpático nunca, pero siempre saludo. Lo cortés no quita lo valiente. La buena educación y un cierto nivel de urbanidad, en los tiempos que corren, sirven de terapia por muy cascarrabias que uno sea. Los compañeros respondieron al saludo pero, casi todos, soltaron alguna coletilla como "vaya cara que traemos hoy", "¿hubo juerga anoche?", "el que se va de romería..." y otras gilipolleces por el estilo. Solo bastó mover la cabeza, apuntando con mi ausencia de rostro, uno a uno, para que se hiciera el silencio tras algún que otro carraspeo significativo. El horno no estaba para bollos, parecieron entender
"Vaya cara que traemos hoy", cuando no llevaba ninguna. Era la inexpresión absoluta y nadie notaba nada. Quizá la inexpresión era mi mueca habitual.
A media mañana opté por acudir al médico. Si mi faz no aparecía tendría que hacer algo, digo yo. No podía quedarme tan campante y seguir "descarado" lo que me quedara de vida.
- Yo no te encuentro nada, todo normal, seguramente es "stress".
Ya estamos con el puñetero "stress". Qué socorrido y recurrente término y diagnóstico.
La idea de un posible transplante de cara, que tan de moda está ahora, no me seducía en absoluto. Llevar como máscara la cara de un finado me parecía que supondría, cada vez que hiciera un gesto, un flash back a la vida del donante. Cuando me picara la nariz y me rascara siempre me preguntaría a quién le pica en realidad, a mí o al muerto, a quién estaba rascando. Me daba escalofríos.
Cuando regresé a casa estaba abatido, aunque mirándome no se me notara un ápice. Mirándome no se me notaba nada. Qué gran jugador de póker de haber tenido otro vicio más.
Entonces apareció ella, mi pequeña luz, y, como era de esperar, pronunció, de forma impecable para su corta edad, la frase de bienvenida que más utiliza:
- Me he portado bien, ¿me has traído una sorpresa?.
La ligera sonrisa empapada de ternura infinita que afloró en mi rostro era inevitable.
¿Mi rostro?. Sí, tenía la cara puesta, la había recuperado y no sabía como. Pero si estuve todo el día vagando sin faz, impenetrable, hierático, vacío sin reflejo.
Quizá, simplemente, caprichos de la naturaleza humana, "como el árbol talado que es retoño" me rebrotó de nuevo, verde y tierno del calloso nudo, abonado por el mejor fertilizante que nadie nunca pudiera tener.