CRECER
BABEL
CRÓNICAS RURALES.- EL CAPITAL
SACRIFICIO
PARTIDO COMUNISTA DE ESPAÑA
CRÓNICAS RURALES.- El Cabo Ramírez y la "Blogosfera"

A veces reflexionaba sobre ello y pensaba que para qué escribir si él era su único lector. Sentía que aquello suponía una especie de "onanismo" un tanto enfermizo.
Claro que le gustaría que le leyeran pero sabía, o creía, que nadie publicaría sus ripios de aficionado.
Con la llegada de internet, en la que fue autodidacta como la mayoría, comenzó a usar el Google y descubrió los blogs. En ellos, ciudadanos anónimos o no, publicaban sus reflexiones, sus creaciones, sus gustos y aficiones y llegaban a cierto número de gente.
Visitó blogs políticos, unos de derecha, otros de izquierda, otros críticos, otros más poéticos e intimistas, otros variados y satíricos y, como no, tambien dió con éste que escribe su biógrafo no autorizado, aunque tolerado a regañadientes. Se enganchó en sus ratos de ocio a ese tipo de navegación, pero como mero espectador. Nunca se atrevió a hacer un comentario. Su timidez innata y su precaución profesional se lo impedían.
Alguna vez se preguntó ¿Por qué yo no?. Siempre acababa negando, invadido por el sentido de responsabilidad, la prudencia y todas las otras mierdas que nos ponen límites hasta en lo más inofensivo, cosa que él mismo pensaba en muchas ocasiones en sus profundas crisis de identidad.
Una noche, serían las tres de la mañana, harto de dar vueltas en la cama, se levantó empapado en sudores fríos. La mirada perdida y el ánimo decidido. Se encaró a su portátil flamante con "wireless" y se encaró con el "Blogger".
Ahí empezó todo. Fue rellenando los formularios de rigor, manteniendo la discrección necesaria para mantenerse en cierto anonimato, y creó su blog. Como único dato identificativo su apellido: Ramírez, tan común que era imposible relacionarlo. Como título, tras dar muchas vueltas, optó por uno que uniera sus dos vertientes en la vida: La Espada y la Pluma, los versos que escribía en secreto unidos, incógnitamente, al charol de su tricornio, el cual portó, desde el principio de su carrera, con honra. "Versos de Charol", así se llamaría su obra electrónica.
Concluyó la configuración y editó su primera entrada. Cuando pulsó el botón "publicar" sintió una mezcla de emoción y miedo a lo desconocido que le hizo estremecerse. Cuatro versos suyos volaban en la red de redes, tan grandiosa y tan globalizada, mientras él, tan insignificante, en aquel insignificante pueblo, temía sentirse desbordado.
Volvió a la cama sin apagar siquiera el ordenador.
De momento puede despertarse con haber sido enlazado por el primer blogista que conoció y que igual no hubiera querido nunca conocer.
AUTOAYUDA
CRÓNICAS RURALES.- EL CRÍMEN DEL "REGRESADO"
Cuando lo vió en la puerta de su despacho, el Cabo Ramírez no daba crédito a sus ojos. Allí estaba, con la expresión ausente de siempre, Froilán “El Regresado”, con su raída gabardina gris, abundantemente salpicada de sangre. Llevaba en la mano un cuchillo de monte de treinta centímetros de hoja que, una vez cruzó la mirada con el agente, dio la vuelta empuñándolo por el acero y encarando la empuñadura de cuerna de ciervo hacia su interlocutor y tras apoyarla en el antebrazo izquierdo, con un gesto clásico de otras épocas dijo con voz serena y una leve y cortés inclinación de cabeza: “Me rindo y vengo a entregarme”. Aquellas eran las primeras palabras que nadie había oído, en muchos años, de boca de aquel hombre.
Aquél pueblo nunca tuvo “tonto” oficial. No se conoció, en lo que alcanzaba la memoria de los más ancianos, a nadie que respondiera al estereotipo de “tonto del pueblo”, ni a persona con la mínima deficiencia mental. Aquel pueblo tenía a Froilán, el cual, si bien tenía un comportamiento fuera de lo común, siempre fue respetado y querido y nunca nadie tuvo la osadía de considerarle “loco” o “tonto”.
Cuentan que, muy joven, a falta de trabajo y posibilidades económicas de sus padres para darle carrera, marchó de casa un buen día y se presentó a una oposición no se sabe concretamente cual, pero sí que era para una fuerza de seguridad. Tras aprobarla y pasar la correspondiente academia, parece ser que marchó voluntario al País Vasco en unos tiempos turbulentos en los que, casi a diario, se conocía la noticia de alguna muerte violenta.
Nadie, salvo tres o cuatro personalidades del lugar, entre las que se encontraba Ramírez, supo nunca qué le ocurrió concretamente durante su ausencia, el caso es que, cuando volvió a casa, ya no era el mismo.
Silencioso e impasible, salía de su casa bien de mañana, con la gabardina de siempre, hiciera frío o calor. Cuando se cruzaba con sus paisanos, éstos, le saludaban afectuosamente y él correspondía con una leve sonrisa de su casi impenetrable mirada. Se pasaba el día recorriendo el pueblo y sus inmediaciones a pié, en actitud vigilante. Cuando llegaba algún forastero, éste era sometido, sin percatarse en lo más mínimo, a un meticuloso y discreto seguimiento. El Cabo Ramírez, muchas veces lo observaba desde la ventana de su despacho hacer sus labores de contravigilancia y notaba como, sin cambiar el gesto, iba revisando con la mirada todos los bajos de los vehículos de la acera de enfrente. Cuando alguien sospechoso o de poco fiar aparecía por el pueblo, Ramírez solía enterarse primero por una pequeña nota que aparecía bajo la persiana de la ventana de su oficina con una precisa descripción física, hora de llegada, lugares frecuentados, modelo, color y matrícula de vehículo, etc. Froilán siempre acertaba, si el reseñado en sus misivas no traía malas intenciones, solía siempre contar con algún historial policial.
En otras ocasiones, a Ramírez le invadía la ternura cuando comprobaba como su colaborador interrumpía sus secretas labores cuando aparecía Rosita. Rosita era sin duda la mejor moza de la comarca, pero también la más desgraciada pues acabó casada con “El Zamarrón”. Este elemento se había hecho a sí mismo trabajando primero como albañil en el extranjero y, con lo ahorrado en esos años, montando una constructora que, no se sabe muy bien con qué artes, tenía la exclusividad en la mayoría de obras públicas y viviendas protegidas de
Era evidente que Froilán amaba a aquella mujer. Todas las noches Rosita, tras la cena, encontraba en la ventana una pequeña hoja de papel cuadriculado con unos versos que solía memorizar antes de hacerla desaparecer.
“Que mi alma huída
te acune en tus sueños,
ahuyentando miedos,
insuflando vida
y colores nuevos
a tu mar dormida.”
Aquellas rimas eran lo único que sacaban, tanto a Froilán, el autor, como a Rosita, de la rutina diaria impuesta, a uno por su trastorno, y a la otra por su dramática cotidianeidad.
Aquella madrugada “El Regresado” se disponía a dejar sus versos en la ventana de Rosita cuando escuchó los gritos del marido que, al parecer, debía de haber regresado borracho al domicilio.
- ¿Tu te crees que esto es cena para un trabajador?.
- Si hubieras venido a una hora normal no estaría fría.
- Mira, niña, no me contestes que estoy empezando a cabrearme y sabes lo que puede pasarte cuando yo me cabreo. Que, últimamente estás muy crecidita, mosquita muerta, que si no fuera por mí estarías por ahí tirada tú y toda tu familia de muertos de hambre.
- Muertos de hambre pero honrados…
- Rosita no me tientes que te estampo la cabeza contra la pared.
- Ya estoy harta Antonio. Como se te ocurra acercarte te denuncio a
- Con que esas tenemos, hija de puta. No te preocupes que no vas a tener que divorciarte, te lo voy a solucionar yo ahora mismo.- Dijo dirigiéndose a la vitrina en la que guardaba las escopetas, completamente desencajado y con los ojos inyectados en sangre.
En ese momento, un estruendo de cristales inundó aquel salón cuando Froilán atravesaba la ventana protegiéndose la cara embozado en la gabardina de la que, una vez aterrizó en el parqué, sacó el machete montero y con un rápido y certero giro de muñeca seccionó la yugular del “Zamarrón”. Éste, mientras su cuello regaba de sangre, con intermitentes aspersiones, toda la sala y sus ocupantes, emitía una especie de alarido similar a los gruñidos del cerdo en San Martín, cayendo al suelo tras varios giros en círculo y, entre estertores y ronquidos inhumanos, fue apagándose sobre la alfombra, con los ojos abiertos y chapoteando en un creciente charco rojo.
Froilán, con el machete oculto por su antebrazo, miró a Rosita con una leve y tierna sonrisa de ojos y salió por donde había entrado. Antes de dirigirse al Cuartelillo tuvo tiempo de redactar la última nota que dejó en el lugar habitual.
Pasados unos días, cuando el pueblo se estaba intentando recuperar de la conmoción y de la invasión de periodistas, Rosita se dispuso a recoger sus cosas de la casa solariega que el difunto había convertido en una especie de museo de los horrores. Algo le dijo que debía volver a la ventana de los poéticos mensajes y así lo hizo. Allí estaba el pequeño papel cuadriculado pero, esta vez, ligeramente manchado de sangre, como una firma sagrada.
“Ahora liviana vuela
que será tu vuelo
el que engalane el cielo
de mi escondida celda”
Nadie más supo en el pueblo de Rosita. Ni de Froilán y su cautiverio terapéutico, salvo Ramírez que, cuando se asomaba a la ventana, sonreía con los ojos encharcados, buscando sospechosos.