Mientras continúa el bochornoso espectáculo que dan nuestros políticos, entre dimes y diretes, sobre lemas y pancartas, asociaciones de ecuatorianos por aquí, otras asociaciones artificialmente creadas por "Espe" por allá, la vergonzante adhesión de Batasuna a la "mani" de Bilbao, la conveniencia o no de hablar de terrorismo en la cumbre de presidentes, en mi nombre sí, en mi nombre no, la tarara niña que la bailo yo, etc.., etc.., voy a contarles que, de repente, he tenido una especie de iluminación y creo que veo todo mucho más claro, a pesar de la niebla y el ruido, y me veo en el deber de compartir "tanta luz" con ustedes haciendo una reflexión polémica y altamente cargada de incorrección política.
Pero si no lo suelto reviento y no estoy por la labor, y al que no le guste que se... que ponga en los comentarios su opinión que todas serán bien recibidas, mientras haya el mínimo de respeto.
¿Manifestarnos contra el terrorismo? ¿Para qué?. ¿Cual es el objetivo?.
¿Pedir a los terroristas que dejen de ser terroristas?. ¿Atenderán nuestras legítimas reivindicaciones?.
¿Qué utilidad han tenido las anteriores en las que, entonces sí, iban juntas todas las fuerzas políticas?.
¿Sirvieron para algo las "manos blancas"?.
Por lo poco que sé del tema, todo acto terrorista tiene un objetivo principal: LA PROPAGANDA. Así ha sido siempre desde que existe la violencia y el terror como método de acción política. Una manifestación multitudinaria de repulsa, por muy bienintencionada que sea, no es más que el exponente de que la propaganda ha funcionado y ha causado una reacción en la ciudadanía. Un éxito para el objetivo buscado por los asesinos.
En el caso que nos ocupa en estos días mucho mayor es el éxito pues el "acto propagandístico" ha causado la movilización esperada a la vez que se profundiza la división entre el "enemigo", que somos todos.
Que toda la gente decente, de izquierdas y derechas, de este País nuestro, está claramente en contra de E.T.A. lo sabe todo el mundo, a no ser que seas un integrista y majadero locutor de radio con "frenillo", o uno de los asistentes al funeral que se celebró ayer en Madrid en honor de Pinochet.
Apruebo totalmente los actos de homenaje a las víctimas como los minutos de silencio etc.., ahora bien, manifestarse puede ser adecuado para exigir a un gobierno que no entre en una guerra, que mejore la educación, o que facilite el ejercicio al derecho a una vivienda digna, o que, por qué no, que acabe con el terrorismo, dialogando, persiguiendo, encarcelando, pero que cumpla con su obligación de erradicar la violencia de una vez por todas.
Por eso precisamente no sé qué pinta un Gobierno tras una pancarta. Ya lo dijo Rodríguez Ibarra (mi presidente extremeño favorito), cuando gobernaba Aznar y éste había cogido aficción, que no ha perdido, a manifestarse: El gobierno está para gobernar y solucionar los problemas de la ciudadanía y no para manifestarse por una situación cuya solución es su responsabilidad. ¿Se imaginan al Ministro de Interior en una protesta contra la inseguridad ciudadana o la alta mortalidad en los accidentes de tráfico?.
La gran manifestación que hace falta es una en la que los ciudadanos, espontáneamente, sin partidos ni sindicatos, ni asociaciones de ningún tipo, de todos los signos políticos, salieran a la calle a protestar por el lamentable espectáculo que están dando nuestros representantes.
Para exigir que, de una vez por todas, se encierren alrededor de una mesa y no salgan hasta no lograr el consenso en los grandes temas de Estado.
Reivindicar la ética y la responsabilidad como motores de la acción política y que el electoralismo se reserve para los mítines y actos de campaña.
Que las víctimas y la sangre ajena no deben ser utilizadas para ganar votos.
Demostrarles que el pueblo no quiere crispaciones ni trincheras sino que sus políticos trabajen para mejorar la vida de todos.
Pero, claro, es una utopía pues las masas son gregarias por naturaleza. Los rebaños están domesticados y necesitan de su respectivo pastor.
Por último, para no aburrir más, pedirles que reflexionen sobre las terribles consecuencias que puede traer la situación actual. E.T.A. es ahora más fuerte que nunca, no operativamente por suerte, pero puede estar consiguiendo lo que quizá nunca pudo imaginar: La división sectaria y radical de la clase política y de parte de la sociedad y, en consecuencia, el debilitamiento de la democracia española y de sus instituciones.
¿Seré demasiado pesimista?.
Hoy sí, mañana, a lo mejor, he cambiado de opinión.
España y yo "semos asín".