Las emociones y la política.

Hay quién dice que las emociones nos hacen humanos. Puede que sí o puede que no. Puede ser que las emociones sean el hilo que nos mantiene unidos a los instintos, a lo animal, que es lo que en realidad somos.
No digo que las emociones sean nocivas per sé, ni mucho menos, quién no se emociona con una obra de arte, con las relaciones personales, etc. Lo ideal es equilibrarlas con la razón, lo cual presenta serias dificultades, pues la razón es la prueba más palpable de la evolución y lo que nos distancia del simio.
Las emociones, como muchas otras cosas, deberían quedar para el ámbito privado, personal, y para lo público, para las relaciones sociales, para la convivencia, lo que debiera primar es la razón, el sentido común al que apelaban nuestros abuelos.
Últimamente asistimos a un exceso de carga emocional en la política, en la gestión de los problemas, cuando esos ámbitos debieran ser asépticos y basados en la objetividad de la razón.
Es difícil, muy difícil, pues no somos máquinas y las emociones tienen una fuerte tendencia a aflorar en todo lo que nos afecta.
El problema fundamental aparece cuando se utiliza, premeditada y mezquinamente, la emoción como base de las actuaciones públicas o como respuesta u oposición a las mismas.
Yo no necesito un Presidente que me haga extremecer cada vez que hable, para eso tengo a Pavarotti, a Callas o a Domingo. Yo necesito una administración que actúe desde la inteligencia, no desde las tripas.
Una justicia equilibrada que no intervenga a golpe de alarma social. Una sociedad en que las banderas sean eso, meros símbolos, y que no base el motor de su desarrollo en colores e himnos o en vanas arengas de patriotismo trasnochado.
Necesito que el Estado me proteja de asesinos y bellacos, pero desde la Autoridad objetiva y el imperio de la Ley, no como vengador.
Un Estado que defienda a las víctimas pero desde el Derecho, no como plañidera compungida cuando alguien con más sentido le dice que así no se hacen las cosas.
Estamos en el siglo XXI, no en el XIX, y tenemos que avanzar como sociedad, no retroceder a la tribu y a la hoguera.
Y yo, personalmente, desde mis emociones, me enervo enormemente viendo las sonrisas de las alimañas abandonando cárceles investidas de un victimismo bastardo. Pero la razón me dice que, objetivamente, ha fallado la política y la justicia por dejarse llevar por las emociones en vez de haber intentado solventar los problemas desde la eficiencia y la voluntad de servicio.
Y me entristece profundamente ver como se manipula y se comercia con las legítimas emociones de quién ha sufrido de manera atroz.
Y profundamente me entristece ver como se hace oposición con la misma táctica, las doctrinas, los mitos y las leyendas.
Para cuándo la razón.