Milana bonita.

Reconozcámoslo, seguimos viviendo en un país cuyo pueblo sigue siendo mayoritariamente costalero. Que carga con los santos que procesionan con las autoridades detrás, dejando claro quién manda. Tenemos miedo a que nos quiten la misa y la confesión que nos absuelva de pecados absurdos. Vocación de lacayos que están más cómodos haciendo el borrego por defender los colores de su equipo de fútbol que por sus derechos laborales.
Tenemos miedo al cambio, aunque lo que nos somete sea lo mismo de siempre.
Virgencita, Virgencita, déjame como estoy.
De ahí sale este fascismo sociológico que tan bien abonan con la política cultural y la televisión de Mediaset.
Defendemos tradiciones sangrientas mientras nos ofendemos si alguien nos llama la atención porque nuestro perro les meó la fachada.
Lacayos vocacionales, cobardes, los que toleran malos tratos pero se ofenden si un hombre besa a otro.
Consulten ustedes cuales son los libros más vendidos y los discos más escuchados en este puto país sin civilizar.
Róbeme usted, pide a gritos el honorable pueblo español, que a mí lo que me da miedo es Venezuela.
No obstante, el problema no es sólo el fascismo sociológico de esta sociedad. El problema es que no se asuma que otra izquierda distinta siga sumando representatividad y se quiera vender como una derrota cuando todos, salvo el PP, se han dado el batacazo.
Seguid matando toros, cazando jabalíes, decapitando lobos, cargando en las espaldas con idolatrías de madera. Os queda poco, la evolución no tiene freno, seguid siendo la España que tiende a su fin para construir otra cosa.
Y no, el PP no es equiparable a la derecha europea, no, mientras no se quite los lastres de las pilas bautismales y el sobrecoste por obra. La derecha moderna es otra cosa, respetable, pero la de aquí no,
en tanto no defiende la economía liberal sino el enriquecimiento a costa del erario público.