FIN DE CURSO

Parece que el trece agoniza y uno diría que se resiste, como los buenos villanos, a dejar de jodernos la vida.
El cambio de año no deja de ser una convención y el traspasar la frontera de la noche del 31 no nos garantiza grandes cambios. Yo mismo, cuando brindo con alguien, suelo decir "feliz año nuevo" aunque estemos a 40 grados a la sombra en una terraza extremeña, queriendo decir que cualquier momento es bueno para comenzar una nueva etapa sin tener que someterse a la dictadura de los calendarios.
Pero asumamos las convenciones pues algo de utilidad también tienen y todos los balances, los índices, las estadísticas, los indicadores económicos, etc., se miden por años y no deja un año de ser un ciclo en el movimiento de este planeta maltratado por la especie más evolucionada que jamás se conoció.
En estos trescientos sesenta y cinco días se ha consumado la "masacre" a la que el sistema nos ha sometido.
Nos ha situado donde el sistema quiso situarnos, más pobres, más carentes de eso que llaman bienestar, mientras las élites han mejorado sustancialmente. No creo en las estrategias de inteligencias colectivas orquestando este desastre, aunque hay que reconocer que algunos han puesto mucho de su parte.
Pero de economía, política, etc., estarán ustedes hartos de leer a gente mucho más preparada que este humilde emborronador de pantallas, así que mi entrada va a ir por otros derroteros que, con toda seguridad, tienen relación directa con todos esos temas.
Creo que el 2013 no sólo ha supuesto un retroceso en lo crematístico, en lo social y en lo político. A mi parecer, un parecer muy, muy subjetivo, este ha sido el año de la vuelta a las cavernas. Y no hablo de Intereconomía y otros sucedáneos informativos, que también, sino que veo que el cutrerío, la mediocridad, las malas formas y maneras, la incultura, la grasienta sotana y el cartomante, lo soez, la sordidez del vino barato y el puterío de olor a zotal lo está invadiendo todo.
Puede que sean sensaciones pero miren a su alrededor.
Las calles sucias, gracias también a los recortes presupuestarios, hacen que cada vez más se tiren papeles al suelo, que se recojan cada vez menos los excrementos de los animales domésticos y uno tenga más posibilidades de pisar una mierda que de recibir de un convecino un atento "buenos días".
El diálogo es el grito, la berrida, y es imposible ver una tertulia o debate en el que se respeten los turnos de intervención.
Pásense, como no, por las redes sociales e intenten opinar de algún tema en alguna de esas páginas colectivas creadas, según dicen, para intercambiar impresiones. O repites el discurso del borrego aplaudiendo las ocurrencias del que quiere crear opinión, desde una ortografía cada vez más criminal, o estás condenado a la jauría.
La inteligencia parece haber quedado para los terminales móviles y si bien nuestra interconexión debería ser un motor de cultura, más bien parece que nos convierte en zombies con pulgares.
Y dirán muchos que no será para tanto. Y no lo será y quizá sea, como ya dije antes, todo subjetividad, pero tengo la impresión de que se están desperdiciando las enormes oportunidades que la ciencia y la tecnología nos están brindando.
Nos quedamos en lo simple, en el detalle, en la foto, en el corte de video, en el titular, en la secta, en el "OLA KE ASE" y muy pocos intentan exprimir el potencial de lo que nos rodea para intentar mejorar este estercolero.
Vemos lo que queremos ver, leemos, poco, lo que queremos leer y oímos lo que nos interesa oír, huyendo de la controversia, es decir, de la dialéctica, y nos recreamos en lo simple y básico para reafirmar nuestra postura.
Con estas expectativas, miedo da en qué puede acabar la democracia viendo en qué se está convirtiendo la mayoría que, no se olviden, es la que acaba poniendo a los gobernantes.
Y ya que despotriqué, que el 2014 les sea leve.