MONÓLOGO BAJO LA LLUVIA

De donde yo vengo no sale el sol en verano, cae a plomo sobre los lomos y el aire se mastica por lo que hay que tragarlo con gazpacho. En invierno, el frío, no deja cobijarte pues sále de los tuétanos de los huesos, de dentro hacia fuera.
Pero la primavera, qué primavera.
La luz es insolente y los azules son originales, sin filtro.
Donde yo estoy se creó el verde, el verde denso y  arrogante coronando picos y lomas. Las rocas son amenaza eterna. Pero el paraíso sólo se mantiene a base de lágrimas del cielo. Y aquí el llanto es de velatorio constante. El cielo es llorón de ofender. Y para uno que se crió a sol batiente, pues la necedad de las humedades hace que tenga una perenne capa de musgo en la chepa.
El verde reinante tiene como valido al gris, que gobierna con mano dura los ánimos y los humores, sobre todo para el foráneo.
Y escribo estas divagaciones cromáticas y climatológicas pues se acercan festivos, de fervores a granel al gusto del consumidor y de poco dispendio pues ya nos inocularon complejo de chipriotas.
Estos días no podré hacer la visita terapéutica a la tierra de la jara y el corcho abrigando encinas. Las aceitunas "machás" tendrán que prescindir de mis halagos pues me quedo aquí, bajo esta nube adoptada, procesionando mi osamenta por las aceras en busca de terrazas y voladizos que palien los orbayos. Dejando aparte a mi odontólogo que hurga laborioso en mi prehístórica caverna bucal de restauración más que obligada.
Pero la vida es lo que tiene, vivir, bajo el riego o en secano, transitando los días en espera de revisitas para recuperar asignaturas de experiencias añejas.
Ahí les queda eso y disculpen el chaparrón de desvaríos.