YO, QUE SOLO SOY...

Yo, que solo soy un viejo infante; de infantería, que no de abolengo; que juré lealtad al Rey y a los fueros del pueblo, siempre intenté poner por encima del primero a los segundos, pues no en vano son los que pagan mi humilde soldada.
Yo, rozado por los zarpazos del fanatismo en tierras norteñas, abrasado por el asfalto de Madrid en revolcones con malandrines de toda raza y catadura, ahora, mayor ya y más sereno, dedico mis afanes a ser sabueso y persigo maleantes, pero sin carreras entre callejuelas, sino con lupas y alquimias.
Y pienso que debo hacerlo a pesar de lo ingrato, pues me debo a la plebe que sufre los desmanes.
Más quisiera yo que estar en otros estamentos de más enjundia dedicado a destapar la inmundicia de las cortes, los concilios y concejos.
Mas gente hay a tal fin más preparada que, sin lugar alguno a la duda, se deja la vida y el tiempo en el empeño, consiguiendo abrir los frascos de las esencias más pútridas, a pesar de zancadillas, trabas, celadas y bastardas recomendaciones.
Yo me vine al pueblo, a lo diario y lo común de andar por casa.
Pero veo que se extiende el estiércol desde los palacios a las ventanillas burocráticas.
Qué decir de las azules sangres que heredan las Jefaturas del Estado y de los bochornosos espectáculos con los que nos regalan.
Qué decir de los gobiernos, lacayos de la germánica usurera, hostigando a los humildes mientras distraen dineros en sobre sin lacre.
Qué decir de los burgueses industriales y los usureros insaciables que construyeron el método de la ruina del peatón, a base de comprar voluntades en los parlamentos y consistorios.
Qué decir de aquel defensor del obrero que sustrajo a espuertas los subsidios con los que quitar el hambre al desahuciado por los caciques.
Qué decir de los cronistas, clientelados a la corriente del poder que más infunda, derramando falacias convenientes a los intereses del amo.
Mientras tanto nos mordemos entre facciones y sectas, que somos tierra de cofradías, y no alinearse pasa gran factura pues la razón libre es fácil presa de inquisidores. La quijada en la mano, presta al golpe al hermano, antes que suspender grave cuchilla en plaza pública como a bien tuvieron los gabachos vecinos.
Nada cambió desde los tiempos antiguos pues somos nación de bellaquería.