Antiguo Testamento.

En el comienzo, hubo un pueblo elegido, por la deidad o por la estupidez, siempre en tránsito convulsivo, formado por diversas tribus o sectas, que sobre todo gustaban de matarse entre ellas, varias veces en cada era.
Dicen que quiso Dios, con su poder, fundir cuatro rayitos de sol y hacer con ellos una mujer..., coño, ya se me fue la pinza por lo folclórico. El caso es que las tribus aludidas encontraron asentamiento en una privilegiada península al sur de un continente.
El hallazgo de la Tierra Prometida no trajo consigo la paz, no, más bien al contrario, y, además de enzarzarse en gresca varias veces con sus vecinos, el mayor afán del pueblo elegido era cascarse entre ellos, con mayor saña, si cabe, entre propios que contra los ajenos.
Entre las tribus principales solían dominar los que acabaron denominándose los Genovitas. Gente pulcra y de orden, siempre en compañía de los chamanes que; a cambio de domar al pueblo con hechizos y supersticiones, obtenían grandes privilegios.
Eran los amos de la tierra y la producción, amigos de la usura, y se desenvolvían bien en mercadeos y estraperlos, gobernando con mano de hierro a la plebe, unas veces por votación, otras a sangre y fuego.
Otra tribu importante; surgida de entre filósofos, alquimistas, maestros y otros intelectuales; eran los Ferrazitas. Prestidigitadores de la ética y el bien común, esgrimieron como bandera la defensa de las castas bajas productoras. Parecían algo más escrupulosos que los Genovitas y algo más santones, si bien algunos de sus miembros más ilustres mostró gran desparpajo a la hora de practicar el expolio de aquellos a los que decían defender.
Como tercer grupo, desde el principio de los tiempos, siempre hubo una rara suerte de coalición de variopintos clanes, no muy afines entre sí, que aglutinaban a los más decididos defensores de los desfavorecidos, si bien la falta de criterio común en las estrategias a seguir, así como una suicida melancolía y apego a la nostalgia por las derrotas, les hizo siempre llevar hostias como panes, si bien basaban en eso, en las derrotas, sus proclamas y estandartes. Eran los Manifestitas o Progresitas puros.
En éstas andaban cuando, tras una larga pandemia de injusticia social y desequilibrio económico y moral; durante otro de los mandatos de los Genovitas;  surgidos de entre varios de esos grupos, con un nuevo libro, al menos en apariencia, entraron en escena los Podemitas. Liderados por una suerte de mesías ilustrado; que creció en adeptos gracias al don de la ubicuidad del que gozaba y ejercía por todas las ágoras habidas y por haber; desterraron de su discurso las viejos mantras que llevaron a la derrota, una y otra vez, a los que decían defender a los pobres. Fagocitaron todo lo que pudieron de las tribus de desencantados y crecieron en seguidores de forma exponencial, convirtiendo al Podemismo en alternativa, si bien nunca se despojaron de las sospechas de ser meros agentes de potencias extranjeras con intereses desestabilizadores.
Como reacción, primordialmente de Genovitas y Ferrazitas, apareció otra corriente, aglutinadora de los temores fundados o infundados, que ejerció, con saña y grandes dosis de falacia, un ataque continuado y desmedido contra los Podemitas basado en la pasión más que en la razón, que muchas veces servía más de fortalecimiento del adversario que de desgaste.
Si bien los Podemitas decían luchar contra la alternancia de poder entre Genovitas y Ferrazitas, al igual que hacían los rosados y los anaranjados, entre ellos y, sobre todo, los Antipodemitas, consiguieron de nuevo polarizar a aquel pueblo entre Podemitas y Antipodemitas, dejando marginada la individualidad y el libre pensamiento, por lo que las profecías más apocalípticas vuelven a tomar peso.
Hasta el Nuevo Testamento, que empezará a redactarse a finales de este año.