OH, LA SAETA, EL CANTAR...



Repite, procesionando en cabeza, el paso engalanado de la Verónica andaluza, llevando en las manos el pañuelo empapado por el sudor de los parados y formados en cursos y expedientes de regulación de empleo, ignorando a las dos figuras a su espalda, imputados ellos, o algo por el estilo.
A continuación tenemos a la cofradía del descendimiento, con un patinazo de gomina que se ha oído en Génova, que quiso fustigar el latrocinio andaluz con una fusta manchada por Bárcenas en Suiza.
Sigue el desfile la cofradía de la entrada triunfal, con una joven a lomos de un asno morado, aclamada al grito de Hossana, pero con menos palmas y ramas de olivo que las esperadas, aunque expulsando del templo a bastantes mercaderes del rojerío, de discurso viejo y anquilosado.
Detrás, el anaranjado paso de la oración en el huerto de los olivos, de "aparta de mí este cáliz", pero "dame pan y llámame tonto", recogiendo el polvo de cortijo que otros soltaron de sus barbours.
Por último, el santo entierro de la izquierda secundaria, de vocación de derrota, el ladrón bueno pero, no por ello, menos crucificado.