Vivir en una pequeña aldea tiene infinitud de ventajas. Muchas más que inconvenientes, a mi manera de ver.
Teniendo una hija pequeña, que se crió sabiendo que los huevos no salen del “Carrefour” y que la leche proviene de una vaca y no del “tetra-brik”, esas ventajas se acentúan.
En una aldea como en la que vivimos no hay guarderías ni agencias de canguros que te cuiden el retoño durante la jornada laboral de ambos, que, en nuestro caso, suele coincidir. Dice un dicho popular: “Donde saques la olla no….”, bueno, ya saben como sigue, pues un servidor de ustedes, que suele saltarse alguna que otra norma, también se saltó esa.
Como les decía, en algún sitio tienes que dejar a la criatura y, para esos casos, suele haber vecinas y amigas que se hacen cargo de la niña, lo cual harían gratis, pero a nuestro entender se debe compensar económicamente previo mutuo acuerdo.
Como también supondrán, en una aldea tan bucólica y pastoril, los niños gozan de una libertad que no disfrutan ni por asomo viviendo en un núcleo urbano, y es común verles corretear por las tortuosas calles del pueblo, entre los “praos” y las “matas” y, estas lúdicas actividades, a veces, suelen traer consecuencias algo lesivas.
El pasado lunes, nada más acabar la jornada, estábamos mi Santa y yo tomando la cervecita post-laboral, antes de subir a recoger a la niña y comer, cuando recibí una llamada en el móvil.
Salí del local al ver el número, correspondiente a la casa que nos ejerce de guardería particular, y la comunicación textual fue: “A ver si podéis subir uno de los dos a por la niña, que se ha “mancao” y tiene una brecha en una pierna”.
Una brecha, ¿qué es una brecha?, ¿qué dimensiones tiene?, ¿cuanto se sangra por una brecha?, sobre todo si estás a tratamiento de anticoagulantes. Una brecha no es una heridita, no, una brecha es una brecha y una brecha se me abrió en el esternón mientras cogía apresuradamente las llaves del coche para subir al rescate empachado de temores e incertidumbres.
Convencí a mi Santa, que estas cosas mejor evitárselas, para que esperara allí las noticias que hubiere y subí yo en el vehículo. Bueno, cuando uno tiene amigos, tiene amigos, y un compañero, sin preguntar, se subió al asalto en el asiento derecho para acompañarme.
Alguna maniobra ilegal por el tramo del caso urbano para adelantar a un vehículo al que se le subían los caracoles al capó, y rumbo a la carretera local. Una vez enfilada ésta, una ascensión de pronunciada pendiente, de continuas “chicanes” imposibles, el 4x4, que para vivir ahí es casi preceptivo dadas las nevadas invernales, volaba como los Toyota de los mejores tiempos de Carlos Sainz, cortando curvas al biés.
Una vez en el lugar de los hechos, tranquilidad, sosiego, calma. Allí estaba mi pedazito de carne, sentada, muy seria, sin llorar, en la acera de la casa, con la pierna vendada y apoyada en una silla, como el mejor Carlos V en los ataques de gota. Digna, callada, más tranquila que el resto de concurrencia, mirándome con gesto de estar enfadada con el universo y probablemente temerosa con la inminencia de la visita a un templo de agujas, jeringuillas y sedales.
Descubrimos el vendaje para comprobar la gravedad de la lesión y nada, otro respiro, dos centímetros de abertura en la fina piel junto a la rodilla, sin sangrar apenas pero con la completa seguridad de que se precisaría remiendo.
Volvimos a recorrer la deportiva carretera pero, ahora sí, con más prudencia y sin tanto apremio, contactando con la madre de la criatura para que se calmara y se preparara para ser recogida e ir al Centro Médico.
Sin esperas, allí entró, en la sala de curas, donde médico y enfermera nos expulsaron a los padres, amablemente, pues preferían trabajar solos. Ni un quejido, ni un sollozo. Pinchazo de anestesia local y tres puntadas magistrales mientras conversaba tranquilamente con la enfermera sobre sucesos recientes.
Al salir, por su pié, me contó: “Hice así con la cara (enfurruñando el gesto y con una aspiración interdental) Sssssshhhhhh, y …. sin sentido”, refiriéndose a que distrajo el dolor.
Vaya par de ovarios de cuatro años y medio. Valor con creces demostrado en otros lances de mayor relevancia.
Bueno, al pasar los efectos del jeringuillazo hubo algo de sollozos motivados por el dolor, a la vez que por un ataque incontrolado de mimos.
Esa tarde, que pasó colgada del cuello de su progenitor, recibió como recompensa a su sacrificio una cámara fotográfica de juguete. Cámara de juguete, pero de verdad, pues hace fotos digitales, que los juguetes de ahora no son como los de antes. Era un regalo caro, pero apropiado pues la niña ya demostró en su día su talento fotográfico con el móvil de sus papás. A lo mejor se me ocurre hacerle un fotoblog.
Pecaré de exagerado pero, si bien ella solo se queja por algún movimiento que le provoque tirantez, a mí me sigue doliendo la “brecha”.