FÉRETROS BLANCOS

Una mujer joven, muy joven, va un día y tiene la desgracia de que se le ocurre enfermar. Y enferma de una enfermedad que, pandemia o no, en principio no debería haberle costado la vida aunque, teniendo en cuenta su estado de gestación, la medicación nunca podría haber sido la misma que para otra mujer no embarazada. ¿Pudo haber desatención?. Podría. La desatención, el mal talante de mucho personal médico y sanitario, el caos administrativo, la masificación, etc., etc., es casi una norma de la sanidad pública la administre quién la administre. Y ocurre acá y acullá y si no pregunten. Habrá autonomías más eficientes que otras en gestionar los servicios sanitarios mas es raro que haya alguna que no adolezca de ciertos males endémicos. ¿Quién no ha tenido una mala experiencia en los servicios de urgencia de cualquier hospital público?. La mujer muere. Unos dicen que tenía asma, otros que no, que si no se le atendió a tiempo, que si las complicaciones más las dificultades para medicar adecuadamente, dado el estado de la paciente, que si influyó su origen o no en la desatención, etc. Especulaciones, la mayoría, y no voy a hacer juicios de valor pues no tengo la información, como no la tienen muchos de los periodistas que opinan del tema. Pero el drama no quedó ahí y el azar, la inexperiencia, la mala gestión, la negligencia, o lo que sea, hizo que un niño, extraído de un vientre moribundo, fuera ejecutado mediante inyección letal. Un marido, un padre, un joven, queda desgarrado y vacío por un negro suceso. Una joven enfermera queda hundida para los restos aunque, por supuesto, no sea ella la que llevó la peor parte, pero, responsabilidades aparte, pagará con creces, a nivel personal, el trágico error de conducto y producto. La trágica concatenación de sucesos, más ciertas circunstancias accesorias como el origen inmigrante de los afectados, hacen del tema un suculento plato mediático y político. Y es que hay que hozar en los cadáveres ajenos para sacar las vergüenzas del adversario, para obtener algún rédito político, o, simplemente, para ganar audiencia en prime time. Dejemos las emociones aparte, hágase fríamente lo que se debe de hacer, investigue la justicia y condene a los responsables. Exíjanse las responsabilidades políticas que se pudieran derivar y, sobre todo, subsánense los problemas para que la desgracia no vuelva a cebarse con una familia por absurdos, intolerables y fatales errores. Un hombre joven, que todo ha perdido, es protagonista involuntario del tema de la semana. Lo que ha ocurrido no es el caso Gürtel, ni son unos trajes, ni unos bigotes. Seamos responsables.