EL PRODUCTO Y EL COMERCIAL

En principio parece sencillo. Una empresa tiene un producto y tiene que venderlo y el comercial es el encargado de esa labor.
Lo mejor es que el comercial crea en el producto que vende, sin sentirse un mentiroso o un estafador. Hay quién no tiene escrúpulos y lo lleva bien, el sistema funciona así y punto. Otros no tanto.
En ocasiones el comercial cree en lo que hace, no tanto en el producto en sí sino en la idea que él tiene de cómo debería ser el producto y que, por lo general, suele coincidir con lo que trae el prospecto. Y eso es lo que vende, un producto personalizado al que introduce mejoras orientadas a las necesidades del cliente.
Pero la empresa sólo tiene un producto, humo volátil y maleable a la medida del consejo de administración y, llegado un punto, los beneficios que se obtienen de las mejoras del comercial dejan de considerarse rentables, independientemente de la satisfacción de los clientes que, al final, son los que menos importan.
El comercial deberá reincorporarse a la cadena de montaje.
Allí, entre herramientas y materias primas, al menos no tendrá que mentir.
Que otros vendan el humo.