ME GUSTA EL FÚTBOL

No, no me gustaba. Como buen progresista que soy huía del balompié, por principios. Sí recuerdo que, cuando emigré a Suiza, en otra Eurocopa, seguí también a la selección con entusiasmo, el entusiasmo del que está "allá en tierra extraña", donde los acordes de un pasodoble encogen las túrpimas al internacionalista más pintao. En esta ocasión gocé, como nunca, con un equipo de fútbol. Un gran equipo que dió lecciones de buen hacer, de deportividad, de compenetración y de maestría en eso del esférico. Un equipo sin estrellas que deslumbró, tanto jugando como celebrando. Por primera vez las inmediaciones de la Castellana se llenaron de rojigüaldismo del bueno, del de todos, del no frentista, del no acaparador de las patrias y los símbolos. Tuvimos héroes comunes en esta época tan poco mitológica. Lo siento por Urkullu, Carod, Tardá, etc., pero España brilló, como nunca, para rabieta de centrífugos. España es campeona de Europa, también en lo del paro, que es más grave, mucho más grave. Aclaremos las gargantas y las ideas, despejados de resacas patrióticas y pensemos en lo que de verdad importa, copas aparte (plateadas y de las otras), que la cosa está muy malita y que no pinta nada bien. Que muchos trabajadores, demasiados siempre, están en la calle y al llegar las facturas, no se acordarán de Torres, ni de Casillas, ni de Villa "Maravilla", ni de Aragonés "El Turco". No obstante, no estará de más que la Selección siga brillando, a falta de brillos en los escasos euros mates, y que, de cuando en cuando, nos de una alegría. No para atontarnos sino para demostrar que, cuando se quiere, se puede hacer una gran empresa común que llevar a buen puerto. Que si trabajamos en común, podremos salir de los baches, por muy cabrones que nos salgan los árbitros, que son, casi siempre, los que tienen la sartén por el mango.