SACRIFICIO

Este emblemático domingo no hay noticia de resurrecciones. Lo que sí sabemos es que una bala de 9 m.m. tenía escrito un nombre. El nombre de un hombre, de un policía que, por si a alguien se le ha olvidado, es un hombre también, o una mujer. Esa persona, pues ser persona y policía es compatible, recordemos, se había convertido sin saberlo en un precio a pagar en el caso de que hubiera muerto, de muerte voluntaria, recordemos también, el asesino, recordemos también que mató gente, De Juana.
Seguramente, ese hombre, una mañana después de conocerse el fallecimiento de la alimaña, fallecimiento que seguro que no le entristecería mucho, como a muchos de nosotros tampoco, bien, retomemos: Ese hombre, esa mañana, entraría a tomar un café en el bar habitual, a sabiendas que contradice las elementales normas de autoprotección, pero cierto grado de rutina supone un respiro que alivia de la tensión y da mayor sensación de libertad donde no la hay. Cuando estuviera dentro, degustando la consumición e, incluso, echando un vistazo a la prensa, entraría el hijo de puta designado al efecto, con paso rápido y con pánico en el cuerpo, pues el que mata por la espalda es un cobarde redomado, y apuntaría a la nuca del hombre distraído con el arma que llevaría en la mano y dispararía provocando, a parte de la muerte del hombre, la parálisis de la concurrencia tras sentir el estampido seco y metálico de la detonación, dándose de inmediato a la fuga.
El acto heróico se habría consumado. El sagrado sacrificio obligado en homenaje de San Iñaki de Juana habría sido celebrado por sus fieles. Se producirían inmediatas reacciones políticas y mediáticas, capilla ardiente con honores, viuda, madre, familiares desolados por el absurdo de perder a un ser querido de forma tan injustificada, recibiendo pésames de Presidentes, Ministros, políticos de todo pelaje, y la solidaridad de los compañeros del muerto y de la gente decente. Banderas, himnos, medalla, titulares y olvido. Eso sí, la referencia a ese hombre anónimo en mítines de todos los colores, unos para responsabilizar al gobierno y otros para justificar la búsqueda de una solución definitiva, sería inevitable y vomitivo.
La muerte de un hombre honrado es una cosa, la "alta" política otra.

1 comentario :

Elbereth Gilthoniel dijo...

Sé cómo os duele...
Cuando yo escribo, digo que exorcizo mis demonios, quizá también se pueda acabar con ellos...para siempre.

Vuestra pluma es vuestra mejor arma, de defensa y ataque.