TEATRO DE CALLE

En ocasiones uno asiste, cual espectador privilegiado, a escenas dignas del mejor guionista televisivo, que es lo que vende, mucho más que los entremeses cervantinos o sainetes de Arniches.
Encontrábase un servidor de ustedes, ocasionalmente, en Pola de Lena; "Puerta de Asturias" según reza el lema del concejo, una pequeña ciudad dinámica, reflejo de movimientos demográficos curiosos, como emigración de la juventud a causa de la crísis de la minería, o acogimiento de inmigrantes de otros países; y estaba en la puerta de un supermercado local donde se hallaban otras tres personas, un vendedor de cupones y dos mujeres.
En la acera de enfrente, arremolinados en torno a un banco, un grupo de adolescentes de hormonas enrabietadas, pantalones con el tiro por las rodillas, gorra de béisbol, minifaldas imposibles, prematuras, y camisetas desborda michelín de bollycao.
Pasaba junto a ellos una señora mayor, muy mayor, por no decir anciana del todo, que no sería correcto, que, al bajar su pié el bordillo de la acera, debió fallarle alguna articulación gastada y comenzó a caer, despacio, muy despacio, hasta sentarse en el suelo como si fuera a tomar una litrona con la pandilla que tenía justo detrás. El caso es que éstos ni se inmutaron pues no la vieron, distraídos en sus debates de alta cultura urbana. Pero para eso se hallaba junto a mí una de las mujeres a las que me refería al principio.
La señora, generosa en carnes y suelta en lengua espetó, al más puro estilo "Morancos" pero con acento asturiano, un "¡Guajeeeeees!.... que estáis apalominaos mecago en...". 
Los chicos, como no podía ser menos, miraron a la dama requiriente estupefactos y enseguida desafiantes.... "¡Qué!", pero sin reparar en la venerable anciana que comenzaba la maniobra de incorporación igual de lentamente que la de aterrizaje. Una vez que la vieron, "coño, la paisana", pero ésta ya estaba de pié y cruzando la calle como si cualquier cosa. Resuelta la urgencia volvieron a la interpeladora "¡Joder, que no la vimos...!.
La otra no tardó en responder con la elegancia que la caracterizaba: "Guaje, no me sueltes refundios que te suelto una hostia que te estrapallo".
Luego, dos chicas de alrededor de catorce, de dulce rostro y agria entraña, al pasar por delante de la pedagógica vecina, se quedaron mirándola con el mismo gesto desafiante de cualquier rebelde sin causa, "Si no la vimos, no la vimos... qué quieres".
No se hizo esperar la respuesta oportuna: "No me mires así niñata que de la hostia que te meto te da vuelta la cabeza..."
La otra: "Sí, habrá que verlo que si tienes más de dieciocho años te denuncio, que soy menor..."
"Tú ándate con "tontás" que después que te estampe la hostia te van a quedar ganas..."
Asistí a la escena como el que asiste a un "skecth" de "Muchachada Nuí". Sin estupefación exagerada ni entusiasmo y me quedé pensando en el personaje protagonista de la escena, la anciana que, sin texto alguno con el que lucirse, dió una lección magistral de interpretación, sólo con su expresión corporal, su elegancia sin sobreactuar, y su autoridad artística. Qué forma de caer, de levantarse y de callar, ajena totalmente al resto del diálogo de los secundarios, llenando la escena como la mejor Nuria Espert en "Yerma".