RESISTENCIA.-

El cruel despertador volvió a hacer su indefectible trabajo. A tientas logré localizar en la mesilla al alborotador y tras unos segundos de forcejeo conseguí desactivar la enervante ráfaga de agudos pitidos. Sentado ya en la cama, en prevención de que Morfeo volviera a abducirme, despaché al tendido uno de esos bostezos que dejarían en la cola del INEM al León de la Metro. Palpé el perchero para coger la bata y me la puse. Esta vez era la mía y no la ajustada y floreada de mi Santa que desluce bastante en la percha de orangután que tengo por las mañanas.
Llego arrastrando las zapatillas hasta la cocina, me deslumbro con el fluorescente que derrite mis fosilizadas legañas, y arranco del armario la taza del café para llenarla y darle su minutito de microondas.
Como siempre, mientras la cafeína comienza a reactivar mi sesera, consulto el correo para ver si algún visitante dejó un comentario en el blog. Éste se está convirtiendo en mi segunda adicción, después del tabaco. Ha habido visitas, pero discretas. Ningún comentario. Pasaron por mi morada electrónica como el que pasa por un funeral sin dar el pésame.
Un cigarrito, visita a mis blogs favoritos, lectura de titulares de prensa y... Hay que espabilar y despertar a la pequeña que, hoy, tras unos días de lucha contra los virus y las tropas del moco verde, debe incorporarse al deber diario del colegial. La verdad es que tengo asumido que va a costar un poco de trabajo, pues, después de unos días de absentismo, y cuando sólo tienes tres añitos, levantarse para ponerse un mandilón a cuadros e internarse en una selva de gritones, llorones, manchas de ceras y conflictivos patios, puede convertirse en un drama.
En fin, una vez aseado y vestido me dirijo al dormitorio y comienza el conflicto. Despierta serena y decidida pero hace la fatal pregunta: "¿Donde vamos?". La sinceridad me pierde y contesto: "Al cole".
En ese momento comienza la reivindicación: "¡No quiero ir al cole!". El tono de la protesta, que comienza a ir acompañado de rabiosos gimoteos, comienza a calentar el ambiente. La saco de la habitación con la intención de que la algarada altere lo menos posible la vida normal, y el sueño, de los otros habitantes de la casa.
Una vez en la cocina comienza la resistencia activa. Una mano de la rebelde aferra fuertemente la cremallera del pijama enterizo y la otra se encadena materialmente al respaldo de una silla dificultando cualquier intento de cambio de ropa.
Todo esto viene acompañado de la repetición efusiva de varias consignas relacionadas con la movilización espontánea que se estaba produciendo: "No quiero ir al cole", "lo odio", "me aburro en el cole", etc.
Enseguida sacó el tema de las condiciones laborales y espetó "no quiero comer en el cole", quejándose de la calidad de la misma.
Bien, había que plantear una estrategia para encarar el problema. Por un lado se me ablandaba el corazón, pero, por el otro, la razón me decía que, si cedía ante esta protesta, el adversario aprovecharía mi debilidad como patronal y la conflictividad podría convertirse en eterna.
La represión directa, a parte de incorrección política, no era una opción.
Café y mesa de negociación.
Información detallada de las obligaciones y responsabilidades que se debían cumplir para acceder a beneficios sociales (atracciones en el parque, golosinas, etc.).
No cedía.
Advertencia de las medidas sancionadoras que se podrían adoptar.
Que si quieres coles.
Tras un buen rato, y aprovechando que el cansancio hace mella en las filas revolucionarias, tras largos minutos de gritos y lágrimas lastimeras, consigo ir vistiéndola entre sollozo y sollozo.
En ese momento comienza otra estrategia: el victimismo proletario. Aparece dolor de extremidades, garganta, cabeza, etc.
En este punto de la huelga, le hago un par de muecas ridículas, y vergonzantes para un adulto en cualquier otro contexto, imitación de algún animal, y del caudal de lágrimas pasa a la carcajada y al juego. "Ya eres mía" pensé.
La patronal siempre acaba ganando.
Llegamos al colegio, tarde, pero llegamos. Entró en la clase y su mirada, mientras le explicaba a la profesora el motivo del retraso, me hizo estremecer.
Su beso de despedida fue más frío, como sin mucho interés.
Esta tarde solo he conseguido que me mirara de reojo y de carantoñas ni una. Algo se cuece en esa pequeña mente subversiva.
He ganado una batalla.
La guerra no ha hecho sino empezar.