CRÓNICAS RURALES.- MEMORIA

El Profesor Gutiérrez, Don Alipio Gutiérrez, de 75 años de edad, jubilado, como no, era un personaje en sí mismo. Machadiano hasta los tuétanos, socialista de libro, no de manual electoral, siempre vestido con su viejo traje gris, ajado pero impecable, su barba blanca y su leonina melena del mismo color domada a peine y agua. Respetado por todos, en la Dictadura fue represaliado por sus publicaciones y cumplió algún año de cárcel en La Modelo, si bien nadie osaba hacerle de menos en aquel pueblo, ni siquiera el cacique que, a pesar de todo, gustaba de sus charlas, radicales para él pero siempre dotadas de altas dosis de educación y afabilidad.

El Cabo Ramírez se extrañó al ver entrar su estampa de foto en color sepia por las puertas del Cuartel.

-Cuánto de bueno por esta humilde casa, Don Alipio, usted dirá qué se le ofrece.

-Buenos días, Cabo, muy buenos días, desearía, si no le requieren obligaciones de mayor enjundia, charlar un momento con usted, lo cual no deja de ser un placer para mi persona pues nos conocemos hace tiempo y hemos empatizado desde el principio.

-Para mí, mi querido Profesor, siempre es un honor poder intercambiar palabra con usted y siempre es más placer que obligación. Siéntese si es usted tan amable.

-Si, amigo Ramírez, aceptaré su invitación para el asiento dado que mis huesos se hallan especialmente resentidos en esta época del año. De calores y húmedos bochornos. No soy ni sombra de lo que fui, Cabo, ni sombra.

-Bueno Don Alipio, no exagere que se le ve a usted como una rosa. Usted dirá en qué puede ayudarle mi humilde persona.

-Bien Cabo, como usted ya sabe hace más de un año que me falta mi Alicia. La pobre, lo único que me quedaba en el mundo, bastante sufrió con aquel mal cruel que la fue invadiendo, más se fue en silencio, como siempre, sin molestar. Desde entonces estoy solo y, a pesar de todo, hasta la fecha, me sigo valiendo. Me acompañan mis viejos libros y, de vez en cuando, alguna partidita en el Casino, acompañada de buena plática y un poco de “Chinchón”.

-Debe de notar mucho la falta, Profesor, era una mujer encantadora, la alegría del pueblo sin duda.

-Era como un terremoto discreto, benemérito amigo. Llena de inquietudes y de amor que repartir a los demás. No merecía los padecimientos que le tocaron sufrir en sus últimos días. Pero vamos al grano que, aunque el recuerdo siempre es grato, no es lo que me ha traído aquí.

Verá usted, de un tiempo a esta parte vengo notando ciertas disfunciones en mi más que utilizada memoria. Hay veces que, al leer, único vicio compulsivo que me queda, tengo que volver sobre las páginas pues olvido lo recién leído y no hallo el contexto para entender las líneas que, en lo inmediato, pasan por mis cansados ojos.

-Habrá ido usted al médico.

-Si bien no soy amigo de los matasanos, como gremio, no en lo personal, fui a la capital y me sometieron a todo tipo de pruebas. El resultado es desolador querido agente, desolador. Tengo el comienzo de eso que se llamaba demencia senil y que ahora denominan “Alzheimer”. Dentro de unos meses, de seguir aquí, me cruzaría con usted y no distinguiría si es el párroco, el boticario o mi mismo padre. Me pusieron un tratamiento pero es un paliativo leve que nada puede hacer para evitar el triste proceso degenerativo que sufrirá mi otrora lúcido cerebro.

-Me deja usted estupefacto y profundamente entristecido, Don Alipio y estoy a su disposición para cualquier cosa que necesite pero no se me ocurre qué puedo hacer yo, en lo que a mi profesión se refiere.

-El motivo de mi visita, Señor Agente de la Ley, Ley democrática por fin, es dejar constancia, dar fe de que, si me ocurre algo, y esa es mi intención si antes no la olvido, sepa usted que ha sido por mi propia voluntad y sin intervención alguna de persona ajena. Vamos, que sepa usted que tengo la determinación irrenunciable de acabar con mi triste existencia antes de ser un vegetal o un alma errante en vida.

-Pero yo no puedo consentir que haga eso.

-Sé que su cargo tiene esas legítimas servidumbres, Cabo, pero apelo, aparte de al Guardia Civil, al amigo, a la persona amable y considerada que me dedicó su tiempo más de una vez y con el que tuve gozosas conversaciones sobre lo humano y lo divino, aunque de esto último estamos los dos algo faltos.

-No me obligue, Don Alipio, a tener que, para evitar una locura, trasladarle, aunque sea por la fuerza, a una Unidad Psiquiátrica.

-Usted sabe que estoy, de momento, en pleno uso de mis facultades, con lo cual, estaría usted cometiendo, seguramente por primera vez en su vida, una tremenda injusticia.

-La vida, a veces, te obliga a cometer alguna injusticia, sobre todo si es para evitar males mayores.

-Y qué mal hay mayor que verse uno convertirse en algo inanimado, vacío de recuerdos, de aprendizajes, de sentimientos vividos, de todo lo que compone eso que llamamos persona. Querido amigo, no le molesto más. Sé que obrará en consecuencia y en conciencia.

Antes que se me olvide. De verdad, ha sido enormemente grato compartir pedazos de vida con usted. Siga siendo como es mientras la edad lo deje. Buenos días, amigo.

-Buenos días, Profesor. Buenos días.

Ramírez quedó inmovilizado en su sillón viendo aquella figura galdosiana abandonar su despacho. Normas, reglamentos, códigos, moral y ética se cruzaban delante de su frente, enmarañándose y abotargándole los sentidos.

Qué hacer.

Pensó.

Nada.

Decidió.

2 comentarios :

Elbereth y su silencio dijo...

¿Me explayo? ja,ja,ja...¡Genial! Escrito con la cabeza y el corazón.
Me hacéis llorar y sonreír. Gracias.

Un oyente de Federico dijo...

Yo firmaba ahora mismo, por llegar a los 75 con la lucidez de Don Alipio.
Siempre y cuando me garanticen que no me pasará como a el, que murió antes su compañera.
Yo prefiero ser el primero.

Que es lo que se plantea Don Alipio, ¿su derecho a decidir cuando termina su viaje por la vida? ¿o su derecho a salir siempre guapo en las fotos?

Si hasta un paramecio tiene instinto de supervivencia, ¿quien nos garantiza que el deseo de morir de un ser humano no es una patología, y como tal posiblemente curable?

¿Como se decide el nivel intelectual nínimo para que justifique la muerte?
¿Se crea un estandar mínimo o se hace un coeficiente con el máximo que ese ser ha disfrutado?

Si el lujo de nuestra civilización, nos permite plantearnos aplicarles los derechos humanos a orangutanes, gorilas, chimpancés y bonobos. ¿Una vez aplicados estos derechos, los eutanasiamos por su bajo nivel intelectual ?

Porque el tetrapléjico de la película de Amenabar quiera morir, ¿eutanasiamos a todos los tretapléjicos o impedimos que el de la pelí se suicide?

Estoy seguro de que cualquier animal racional o irracional quiere vivir y quiere morir sin sufrimiento.
La medicina lleva siglos pretendiendo garantizarnos la vida y ahorrarnos el máximo de sufrimientos.
Prefiero que la decisión sobre el final de mi vida la tome un médico, como lo hicieron con mi padre o mi abuela, siempre que no sea el Dr. Montes o alguno de su pandilla.