BELLOTERO EN ASTURIAS

Mi primer contacto con Asturias fue a primeros de los noventa, pues un hermano mío, al que yo traspasé el amor por la escena, estudiaba teatro en Gijón. Ahora ya es bohemio con carné y debe de andar por Cataluña ejerciendo como tal.
Gijón, me gustó. Entonces todavía tenía el encanto de pueblo costero y podías pasear por "el muro" sin restregarte contra el prójimo.
Volví en repetidas ocasiones, cabalgando mi acerada montura desde otro lugar del norte donde entonces residía, un norte mucho más lleno de peligrosas aristas y mucho menos dulce.
Solía asilarme en una casa, como no, de bohemios, en la cual desentonaba totalmente un joven común, opositor a correos, asturiano de pueblo, sidra y chigre de serrín en el suelo. Ménuda borrachera agarramos una noche los dos, gente vulgar, carentes totalmente de la pose intelectual y afectada del underground "cimadevillense". Tajada tópica que terminó tópicamente, cantando himnos regionales al Rey Don Pelayo, el cual, aparentemente hierático y ceremonioso, alzaba una cruz a los cielos como diciendo: "Qué habré hecho yo Dios mío".
Asturias dejó cierta huella en mí y, hay veces que el destino parece diseñado caprichosamente, tuve que conocer en tierras Vascas a la mujer que me asturianizaría y me arrastraría al centro de las cuencas mineras.
Y aquí estoy yo, relamido de "orbayu" y pisando erizos de castaña. Paseando las "matas" de la mano de medio metro de asturianita, que lo mismo te suelta "Que ye oh", como se traga las eses, aspirándolas secamente, al estilo de mi tierra de encinas. Mestizaje, que se dice.