AMOR AMARGO

Una mujer desesperada, aterrorizada, desamparada, reclamaba ayuda ante las cámaras de las televisiones, ayuda de alguien que pudiera evitarle convivir con el terror. Con el pánico a un ser muy amado y muy enfermo, quizá incluso más amado por enfermo, pero también más temido, mucho más temido. Su llanto reverbera en el aire tras haber sido decapitada, tras cumplirse el augurio que ella tenía como cierto.
Algo falla en los organismos encargados de atender la salud mental. Algo falla cuando una madre es consciente de que el día menos pensado se va a producir una desgracia que finalmente se produce.
Desparecieron los manicomios de triste memoria mas, ahora, qué hacer con los enfermos graves. Tratamiento ambulatorio y medicación que, en muchos de los casos, se deja de tomar al libre albedrío y se desencadenan sucesos que acaban en ingresos forzosos temporales, bien por prescripción facultativa o bien por auto judicial. Tratamiento, alta médica y hasta la próxima crisis. Pero la próxima crisis puede ser letal, o tal vez no, o tal vez se quede en altercado, o no, o alguien muera impotente, inerme y desprotegido, a manos de alguien a quién dió la vida, o con quién la compartió.
Y he visto casos, aquí, muchos casos para un sitio como Mieres, en los que se mastica el miedo de gente sobrepasada por una enfermedad que no pueden atender. Padres de edad avanzada que tienen noches de pavor ante lo que pueda suceder, cómo pueda reaccionar, por qué le dará esta vez.
Esa mujer no pasará más miedo, su hijo se lo arrebató al decapitarla, paseando su cabeza por el pueblo y por las conciencias.
Algo habrá que hacer o hacer mejor lo que se hace.
Quizá la macabra procesión de madre e hijo sirva de revulsivo. Pero, reconózcanlo, es muy triste, más que triste una vergüenza, que tengamos que asistir al espanto para empezar a tomar medidas.