DESCREIMIENTO

Una cosa es el ateísmo y otra el descreimiento. Yo, aparte de ateo, me considero cada vez más descreído. De muy joven creí, en Dios primero y, tras abandonar la luz de las vidrieras, en la sacrosanta izquierda después, con Marx, su Engels, su Ché Guevara y demás folklore o santoral. Es difícil para el ser humano asumir la no existencia de un Dios y de otra vida después de la muerte, es asumir la orfandad y la cualidad de animalito, algo más sofisticado, pero sin más transcendencia. Si eso es difícil y suele hacer sufrir al que no cree, imagínense si encima no te crees casi nada de lo que te cuentan por ahí. Las ideologías son resultado de reflexión y pensamiento y, cuando llegan a lo que llamamos "vulgo", llegan extractadas y convertidas en catecismos y dogmas, con sus decálogos, parábolas y cartas a los apóstoles y, para mí, es eso lo que hace la militancia activa, asumir la fe y el credo en las líneas ideológicas que han quedado tras tamizar la ideología original. Este tamizado se hace con distintos coladores o coladeros, dependiendo de la época, la oportunidad política, el interés electoral, etc. En los tiempos actuales, con las exigencias de la era de la información, todo se resume más si cabe y queda todo en titular. No creo que Marx creyera en cómo se aplicó posteriormente su teoría como tampoco imaginarían los primeros cristianos en qué se iba a convertir su chiringuito. Rajoy baja impuestos en su sermón de la montaña, ejerciendo el liberalismo redentor de los asalariados, mientras el Ayuntamiento de Salamanca axfisia a sus contribuyentes, y son del mismo partido. En el otro lado Z se españoliza y Montilla se distancia de España a alta velocidad. Alcaraz se manifiesta contra el Gobierno cuando menos actividad terrorista hay y cuando más detenciones se producen, estando la cúpula de Batasuna encarcelada, pero él se gana su salario, mucho más elevado que la pensión de una víctima del terrorismo, aunque cada vez mueva menos gente. Y resulta que todos tienen fe en lo que hacen pues para eso están los concilios, para adaptar la ley sagrada a los tiempos que corren. No me acabo de creer las miradas positivas cuando la leche y los huevos, con perdón, están por las nubes, como tampoco me creo las fórmulas magistrales que harían que con Rajoy fuera todo posible, porque eso dice, que es posible, lo mismo que dice IU, que con ellos también es posible. Y verán ustedes a muy pocos correligionarios de una de las iglesias a las que aludo llevar un ápice la contraria a su comunidad. Soy antifascista pues odio el fascismo, del tipo que sea, pero verán a muy pocos progresistas criticar las actitudes de algunos de sus compañeros de viaje. Y es que, el que se sale del redil acaba excomulgado. Es ese descreimiento en el que me estoy sumiendo el que hace que no me saque más carné que el de Donante de Sangre. Porque me gusta discrepar y no me gustan los catecismos. No asisto a los mítines pues para mí son eucaristías, no voy a manifestaciones pues se asemejan a procesiones en cofradía o a romerías rocieras, evito los ritos y los cultos, salvo compromisos familiares o de amistad. Y dirán ustedes que no estoy comprometido, y puede que tengan razón pero tengo en alta estima mi compromiso como para firmar ningún contrato de venta de alma, esa que sé que no tengo. Además está la pereza y a mi me da mucha eso de mover banderas detrás de un líder, a más velocidad cuando hay conexión televisiva. Y me manifiesto aquí, en este onanismo ideológico donde digo lo que se me antoja. Contra unos y contra otros siempre que haya algo que no me guste de cualquiera de ellos. No obstante tengo mis filias y mis fobias y ejerceré el derecho a voto por lo que considero menos malo, pues bueno, bueno, se encuentra poco y si lo hay yo no me lo creo. Es mi carácter.