FÁBULA DEL ORGULLOSO GATO Y EL PERRO LEAL














El perro, un precioso boxer de mediana edad (para la edad de los perros, claro), dormitaba tumbado sobre la acera masajeado por un rayo de sol primaveral.
De pronto, su oreja izquierda se izó ligeramente y entreabió los ojos. Allí estaba, paseándose orgulloso, como siempre, a dos metros de él sin perder la innata elegancia aristocrática, el gato. Siempre hacía lo mismo y él, sabía que era inútil hacer nada, pero no lo podía remediar. No podía consentir tanta altanería y vanidad. Le gustara o no al minino él era el decano de la casa y merecía un respeto. Se levantó como un rayo y comenzó la persecución que acabó con el gato en el quicio de una ventana, inalcanzable para Boby, y éste abajo, gruñendo con la mirada fija en su eterno enemigo.
El gato, Sultán, permaneció unos segundos erizado y bufando, presto para uno de sus rápidos y contundentes ataques al hocico del cánido, pero ese día se relajó antes y se sentó tranquilamente mirando al perro.
- Es inútil este juego, perrito. Sabes que nunca me alcanzarás.
- Ya te pillaré algún día y... verás entonces, cuando te desguace con mi mandíbula y a cabezadas te rompa el espinazo, bastardo.
- Nunca harías eso... nunca lo has intentado siquiera... Eres plenamente consciente que, de consumar el crímen, el castigo del amo sería ejemplar. Y tú eres muy dócil como para disgustarle. Tu servilismo le puede a tu orgullo.
- Oye, finolis, no te equivoques conmigo que yo siempre he estado con el amo, mucho más tiempo que tú. Además, cuando el pasea o va a cazar va conmigo, me necesita mucho más que a tí. Yo le soy útil. Defiendo la casa y la hacienda mientras tú te dedicas a recorrer los sofás del salón.
- No entiendes nada animal. Yo no necesito que el amo me lleve a ningún sitio, ni necesito serle útil, sólo preciso mi comida y mi caja de arena. De vez en cuando, si me apetece algún mimo solo tengo que acercarme y ronronear un poco. Si no me apetece, le suelto un zarpazo de advertencia y me alejo. Tú, si se te ocurriera algún día morder la mano que te da de comer no quisiera imaginar las consecuencias que te traería. Por mucho que te castigue siempre vuelves dócil y humillado.
- ¡Eso es lealtad!
- ¿Lealtad?. Qué estupidez. Yo soy independiente, en realidad no tengo amo, yo lo acepté a él como mantenedor de mis necesidades. Él me tiene a mí.
Los gatos, amigo mío, tenemos una historia y un orgullo de reyes. Ya os gustaría a los perros aproximaros a nuestro abolengo. Yo sigo siendo un animal salvaje cuando me conviene. Cazo solo para mí, no para llevarle la pieza al amo.
Ya en tiempo de faraones los gatos fuimos considerados dioses. Ahí está el hecho diferencial. Hemos heredado unos derechos históricos que nos hacen gozar de un Estatuto de Autonomía privilegiado y tenemos con nuestro propietario una relación asimétrica con respecto a tí, que seguirás siendo un cero a la izquierda, conformándote con tu plato, tu colchoneta en el garaje y una caricia de vez en cuando... Oye, ¿quién es es humano que llama a la puerta?.
- ¿No lo conoces?... es el veterinario.
- ¿Y a qué viene?
- Creo que a recortar algún "artículo" de tu "estatuto" de dudosa constitucionalidad y en base al cual vas meando por todos los rincones de la casa. A partir de hoy ése va a ser tu "hecho diferencial".

1 comentario :

Elbereth Gilthoniel dijo...

¿Cómo lo haces? Escribir de algo, sin tener que escribir...muy bueno.

Tienes la cabeza bien armada. Felicidades.